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El funcionario le dio una pistola a Marilyn

Los 4030
Elsa Cabria
Ximena Villagrán

La municipalidad de Santa Catarina Pinula trabaja con el ministerio de Gobernación para educar a la juventud, tras un significativo aumento del crimen, en un municipio donde la colonia El Carmen es la que más reduce sus asesinatos.

 

*****

 

– ¿Qué se siente tener un arma de fuego?
– Ya había tenido un arma.

 

– ¿Qué se siente?
– Normal.

 

Tiene catorce años y es la segunda vez que carga un arma. Tiene un nombre parecido a Marilyn, pero no es ese. Por seguridad. Esta adolescente de grandes ojos traviesos, es la única niña que se ofrece de voluntaria en el ejercicio que propone el instructor Selvin Álvarez. Son sesenta alumnos de segundo básico A y B de la escuela de la aldea El Carmen. Ella y otro joven voluntario tienen que agarrar cada uno una pistola. Las tolvas las carga en su cincho Álvarez.

 

Responden a las preguntas del educador, ante la divertida mirada de todos sus compañeros que les observan sentados en el piso, acalorados por el sol de las dos de la tarde, porque las ventanas están cerradas. Les ofrece dos cosas: dejarles en libertad y regalarles la pistola. Pero tienen que aceptar a ciegas una condición. La adolescente que ya había tenido un arma en sus manos, acepta.

 

Álvarez, el educador, hace de líder de una clica (célula local de una pandilla) y le ordena que mate al otro chavo. Sorprendida con la propuesta, la rechaza. Le insiste en que lo tiene que matar. Mientras ella decide, el educador Álvarez cuenta la historia de un joven de Amatitlán que mató a su propio primo y que tras asistir a una de las charlas de la Unidad de Prevención Comunitaria de la Violencia (UPCV) del Ministerio de Gobernación que él imparte en escuelas a petición de las municipalidades, se unió a la iglesia evangélica. “Gracias a Dios”, dice Álvarez.

 

¿Quién tiene una biblia y la lee cada noche?, pregunta a los sesenta adolescentes. “Por eso la juventud se va a morir”, responde cuando ve que sólo tres levantan la mano. Selvin Álvarez es un heterodoxo instructor de la Unidad de Prevención. Sólo él da charlas con armas en la Unidad. Sólo él educa sobre las pandillas en una institución que da formación juvenil sobre drogas. Su estilo es provocadoramente cristiano: mientras muestra una proyección para explicar qué es una pandilla, reta a los adolescentes y les advierte de que el único camino bueno es Dios.

 

Confronta a los estudiantes, les cuestiona la falta de educación y de respeto, les muestra imágenes sanguinolentas de cuerpos desmembrados, descabezados y de matanzas colectivas. Son asesinatos, en su mayoría cometidos por pandilleros, aunque incluye una foto de la operación Pavo Real, la masacre de 2006 en la cárcel de Pavón, por la que fueron condenados altos mandos policiales y acusados altos mandatarios del gobierno de Óscar Berger por ser presuntos autores intelectuales.

 

Dice de sí mismo que fue pandillero, que vivió en la calle y que hace once años se reformó al hacerse evangélico. Este educador y pastor explica a los estudiantes que tras un año de trabajo con la municipalidad de Santa Catarina Pinula, establecieron cuál era el problema en el área. “Detectamos un pequeño cáncer: las pandillas”.

 

En un país con una tasa de analfabetismo del 12%, según el Cómite Nacional de Alfabetización (Conalfa), Santa Catarina Pinula fue el primer municipio en lograr analfabetismo cero en 2010. La política socioeducativa del que fuera alcalde entre 2000 y 2015, Tono Coro, fue un éxito con la instalación de programas educativos bilingües (inglés y español) y la construcción de escuelas, polideportivos y centros comunitarios. En 2011 tuvo una de las tasas de homicidios más bajas del área metropolitana, tres homicidios por cada 10 mil habitantes. Entre 2008 y 2011 los homicidios redujeron 79%, pero esa tendencia se revirtió cinco años después hasta el doble.

Cuando Tono Coro decidió postularse como candidato a la alcaldía capitalina, en 2015, primero con el PP y después con Líder, la tasa comenzó a subir. Aunque en 2016 bajó un poco (20%), Santa Catarina no logra regresar a sus cifras de 2011: solo entre 2015 y 2016 la tasa de homicidios cada 10 mil personas subió de 6 a 8. El actual alcalde, Víctor Alvarizaes, afirma seguir una política continuista a la de Coro, porque ya lleva treinta años en la comuna. Aunque las autoridades municipales no establecen una relación entre un hecho y otro, lo cierto es que Santa Catarina es más violenta desde hace dos años.

Frente a la tendencia del municipio al alza violenta, el lugar donde más redujo el homicidio fue El Carmen, una de las quince aldeas de Santa Catarina, al pasar de 13 a 2 entre 2008 y 2016. Un dato relevante porque El Carmen es una aldea fronteriza con Villacanales. Santa Catarina tiene clicas mayoritariamente de la MS y Villacanales del Barrio 18. Y El Carmen queda al final de Santa Catarina, a un puente de distancia entre dos pandillas que se odian, pero que controlan dos lugares distintos, por muy limítrofes que sean. En el límite hay paz.

El colectivo juvenil

 

Grupo Conexión fue un exitoso colectivo juvenil de 57 jóvenes y artistas que organizaban un festival en el municipio. Hasta que en diciembre de 2015, uno de sus integrantes, que era pandillero, fue asesinado. En 2016, cambió la estrategia y pasó a ser una de las tres juntas de participación juvenil que hay en el municipio, con apoyo de la Unidad de Prevención de Gobernación. Hoy Grupo Conexión son sólo siete personas, 12% de las que había en 2015.

La historia de Grupo Conexión permitió a la alcaldía detectar que había mucho riesgo para la juventud. El año pasado, tras hacer un estudio de percepción de violencia mediante reuniones con representantes de las comunidades, comprobaron que habían aumentado las extorsiones, los hurtos y las muertes. Y priorizaron tres aldeas: El Pueblito, El Carmen y la cabecera municipal.

Los entrevistados determinaron cinco factores de riesgo: consumo de alcohol en la calle, presencia de pandilleros, desconfianza de la policía, violencia entre pandillas y violencia intrafamiliar.
Los más jóvenes dijeron que en sus centros educativos no tenían opciones de desarrollo laboral ni académico, por lo que la comunidad los ve como personas “irresponsables, vagos o delincuentes”, según el documento.

En abril de 2017, la comuna de Santa Catarina creó la primera política municipal de prevención de la violencia del país, una iniciativa que todos los municipios de Guatemala tienen que crear por orden del Ministerio de Gobernación Como si no hubiera existido antes un éxito en la reducción de homicidios del 40% entre 2008 y 2017 en todo el país.

Con apoyo de la UPCV de Gobernación y de la Policía Nacional Civil, lanzó un programa educativo enfocado en niños, adolescentes y mujeres. Charlas educativas, formación de líderes comunitarios, una red municipal contra la violencia machista, juntas comunitarias de participación joven y una oficina de la juventud, que ya está operando, son parte de los ejes del plan. Las charlas del educador Álvarez, el evangélico de la pistola, se encuadran ahí.

La cabecera de Santa Catarina es un pueblo entre montañas con pocas vallas, detalle que contrasta con la mayoría de municipios del área metropolitana que están infestados de carteles de marcas que no necesitan mucha publicidad. El lugar parece tranquilo a las nueve de la mañana, si no fuera por los sacos que cubren la entrada a la subestación de la Policía Nacional Civil para proteger a los agentes de posibles ataques de pandilleros.

La tesis de María Paiz, sobre la participación juvenil en Santa Catarina, de la URL, concluyó que la media de edad de los Consejos Comunitarios de Desarrollo (Cocodes) era de 53 años. María Paiz, una de las fundadoras de Grupo Conexión, se dio cuenta de que los jóvenes no tenían forma de asociarse. Dos años después, en la segunda planta de la municipalidad, esta joven entusiasta y comprometida dirige la primera oficina de Juventud de Santa Catarina, creada en 2017.

Pandilleros de El Porvenir, en Villa Canales, llegan a jalar jóvenes de El Carmen, dice María Paiz con gesto preocupado mientras Luisiño Sánchez, de comunicación social, se recuesta en la silla y abunda en la idea: “Podemos afirmar que la culpa [de la violencia] es por vecinos de Villa Canales”.

 

– ¿Por qué lo puede afirmar?
– Los vecinos nos lo dicen. No hay más, dice el jefe de comunicación.

Escuelas abiertas y la lucha contra la limpieza social

 

Katherine Hernández tiene 18 años y es parte del equipo de María Paiz. Vive en El Ranchito, una minúscula aldea que pertenece La Cuchilla en la aldea El Carmen, una zona de residenciales cerrados con garita, muchos en construcción y algunas casitas viejas.

 

Las nuevas construcciones permiten imaginar este área, que mantiene alma de pueblo, en una década. Sentada en un banquito del campo de fútbol de su aldea, esta joven de lacio pelo y conversación calmada cuenta que estudió en El Carmen. “Pero la pasé muy mal”, dice en referencia a la violencia entre mujeres.
En el solitario camino que une El Carmen con Boca del Monte, Katherine Hernández, que siempre quiso dedicarse al trabajo social, dice que tiraban cuerpos.

 

Por un tiempo, la tiradera de cadáveres se redujo.

 

Se redujo entre 2008 y 2012. En ese período ocurrieron dos políticas. Una fue el inicio de la lucha contra la limpieza social en la policía, por el Ministerio Público, la Comisión Internacional Contra la Impunidad (CICIG) y el Ministerio de Gobernación. Y la otra fue la implementación del programa estatal Escuelas Abiertas.

 

Escuelas Abiertas eran talleres lúdicos para los jóvenes los fines de semana en casi todas las escuelas del país y que permitía que la juventud estuviera ocupada. Este es el único proyecto que ha sido una y otra vez mencionado como indiscutible éxito para sacar a los jóvenes de las calles en toda esta investigación, cuyo artífice luego se convirtió en ministro de Educación, Bienvenido Argueta.

 

Katherine Hernández recuerda que acompañaba a pie a su hermano, cuando él tenía doce años, a la escuela abierta que le quedaba más cerca. Y como ellos, muchos. “Había muchos pandilleros”, dice. Pero algo tan simple como que la gente fuera caminando a los talleres, hizo que a parecieran menos cuerpos en la carretera porque había personas transitando durante más horas.

 

En su pequeñísimo despacho, María Paiz revisa con ahínco su computadora para no olvidarse de mencionar los más de veinte programas juveniles. Como efecto de la política de prevención, recientemente armó un diplomado juvenil en liderazgo local, en el que cada mes hace talleres en aldeas de forma rotativa para identificar capacidades en los adolescentes. La inversión en estos talleres es de Q6,320 (US$790) de Unidad de Prevención y Q3,500 de la alcaldía, unos US$420. Menos de Q10,000 cada uno.

 

– Queremos impacto de trascendencia local, dice esta mujer de 26 años que habla rápido y escucha atenta.

 

El diplomado hoy es en el instituto frente a la municipalidad. Brayan Ramírez, de 16 años, sale de su primera clase del curso de liderazgo y viaja con los periodistas hasta su domicilio, en el barrio El Manantial, ubicado en una gran cuesta al inicio de El Carmen, a cinco kilómetros por curvas y cuestas boscosas de la cabecera. Cuando la carretera de El Manantial acaba, al fondo queda una panorámica de Villa Canales y de la Ciudad de Guatemala.

 

Brayan Ramírez se queda de pie en la grama y no mira casi a los ojos, pero platica sin descanso. Este adolescente muy educado, que va vestido con chumpa de plástico negra y con una kangurera, dice que “el concepto” de su familia es no meterse con nadie para que nadie se meta con ellos.

 

Estudió diez años en la escuela donde ahora está la niña que portó dos veces un arma para el simulacro. “Los jóvenes de ahora no se enfocan en lo que quieren”, dice este cauto evangélico que habla como si fuera un adulto: “Acá la delincuencia se está dando bastante”, dice arrugando la cicactriz que cruza su nariz.

 

En 2017, un niño murió en el interior de una casa en El Carmen, tres casas arriba de la de Brayan. “Fueron unos pandilleros que tiraban balas en la noche”. Dice que el niño era hijo de “uno de ellos”. La casa hoy permanece cerrada. “En la aldea hay nuevas personas que no hemos visto”, dice para referirse a nuevos residentes de otros municipios.

 

Cauto, pero aventado, este músico de trompeta que estudia para contador, ejerce de guía para dar un paseo en carro por la aldea hasta llegar al límite geográfico: un pequeño puente que lleva a un bosque. Del otro lado por un camino de barro está la aldea El Porvenir, de Villa Canales. De este lado, está el barrio de La Tomatera de El Carmen, que a diferencia de la mayor parte de Santa Catarina, es un área sin asfaltar.

 

– Mis papás dicen que se llama así porque había una distribuidora de tomates, dice este adolescente.

 

Brayan Ramírez dice que el área limítrofe de la Tomatera es el barrio más peligroso.

 

La Tomatera es la calle comercial de la aldea, una calle de tierra rodeada de tiendecitas. “Es una zona de extorsiones”, dice el agente Aguilar Mis, jefe de la subestación de la PNC, que lleva tres meses al frente. “No viven clicas, las clicas van ahí por ser el centro del comercio”, explica afuera de la subestación de la PNC en El Carmen, una aldea cuya empinada orografía daría para unas piernas muy ejercitadas.

 

La lógica del agente Aguilar Mis, un policía de gesto afable y cara regordeta, es que muchos pandilleros llegan por temporadas a El Carmen a modo de guarida. “Nos elevan los índices de homicidios por pleitos de territorios”, dice justo antes de subirse a una de las dos patrullas que circulan en la aldea.

 

El puente que separa El Porvenir de La Tomatera, en Santa Catarina, sirvió durante mucho tiempo para transportar más que productos para vender. “Mataban del otro lado y venían a tirar [cuerpos] de éste”, dice Erwin del Cid, jefe de la Policía Municipal de Tránsito de Santa Catarina desde hace dieciséis años. En Santa Catarina, la PNC y la PMT, cuya sede queda en la cabecera, hacen patrullajes combinados. En El Carmen el problema es la extorsión, pero muchos son oportunistas, imitadores de pandilleros, agrega el policía municipal Del Cid.

 

Este policía vestido con jeans y barba de candado, cuya mesa del despacho está limpia de papeles, cree tener la respuesta del alza de crímenes en Santa Catarina: “El hecho de que estuviéramos bien [por años en el índice de homicidios] hizo que el gobierno nos dejara de apoyar [con recursos]”, dice cruzando los dedos.

 

El educador de la Unidad de Prevención, Selvin Álvarez, ha dado también charlas en Villa Canales, el municipio al que vecinos y autoridades municipales culpan. En una plática como la de hoy, él detectó siete pandilleros con rosarios que empezaron a atacarlo
verbalmente.

 

– Le dije al profesor que iban a contaminar a toda la escuela, dice a los alumnos de la escuela de El Carmen tras más de dos horas de charla.

 

Al terminar la sesión, Marilyn sale al balcón de su escuela mientras sus palabras se ahogan bajo el griterío brutal de los niños que salen de clase. Son las cinco de la tarde y escucha y observa curiosa para entender por qué alguien puede querer saber cuándo fue la primera vez que agarró un arma. Y se explica como quien contara cualquier cosa: Allá por abril, en una casa a la que iba para platicar, un pandillero, hermano de una amiga de ella, le ofreció agarrar un arma. Y aceptó.

 

¿Estaba cargada?, sí. ¿Disparó?, no.

 

 

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