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Distinguido salió por la puerta de arriba

Los 4030
Elsa Cabria
Ximena Villagrán

Estados Unidos eligió El Mezquital como un laboratorio contra la violencia con programas sociales en escuelas. La lucha de territorios de las pandillas marca la cotidianeidad de los estudiantes fuera de los centros.

 

*****

 

Esto empieza por sus calles, por su gente. Esto es el hip hop.

 

La lluvia empieza a caer en esta mañana plomiza de junio en el sector Los Olivos de la colonia El Mezquital, en Villa Nueva, al sur de la Ciudad de Guatemala. Israel Rodríquez*, alias Distinguido, se explica moviendo las manos como si rapeara. Sentado en la última grada de un parquecito a la vuelta de su casa, acepta que siempre estuvo en problemas, pero dice que nunca se metió en nada. Porque tuvo que trabajar desde los 12 años en una zapatería, porque tuvo que cuidar de sus hermanos, porque tuvo que ayudar a su mamá, con la que aún vive a sus 31 años.

 

Villa Nueva tiene un promedio de 283 homicidios al año y una tasa de cinco homicidios por cada 10 mil personas. En 2005, este municipio fue elegido por la embajada estadounidense como el laboratorio de reducción de la violencia en el área metropolitana de Guatemala. Instaló una comisaría modelo en la comisaría 16. Esto significó policías seleccionados y formados por Estados Unidos y un centro de videovigilancia conectado a unas cámaras de seguridad, que no funcionan por una deuda millonaria a las empresas. Todo esto no incidió en la reducción de crímenes en El Mezquital.

Lo que sí pudo incidir fue que financiaron fundaciones para iniciar programas sociales en el asentamiento Mario Alioto Sánchez, considerado el más grande de Centroamérica, y luego amplió la cobertura a otras áreas del municipio. Fue hasta 2016 que esta colonia de Villa Nueva se convirtió en área prioritaria, tanto para Estados Unidos como para la municipalidad, para reducir las muertes.

El rapero Distinguido trataba de llamar la atención en otras cosas. Y escuchaba música. Dr. Dre, Notorious Big. Y leía poesía, Poe, Baudelaire. Le gustaba y le gusta leer del amor y el desamor. Estudió hasta segundo de primaria en la Escuela El Mezquital I, a media cuadra de su casa, un centro que hoy recibe fondos del gobierno de Estados Unidos para programas educativos.

 

Después, Distinguido, estudió dos años en un centro Fe y Alegría, a medio kilómetro cuesta abajo de su sector. Es una organización jesuita que da educación gratuita en zonas marginales, con fondos gubernamentales y donaciones privadas. En el centro 14, el de El Mezquital, Distinguido aprendió inglés a través de la música. Y empezó a tararear. “Para sobrevivir acá, no te metés en problemas. Si ves algo, no digás nada”, dice el rapero que terminó quinto primaria en este establecimiento con dos puertas de salida.

 

La lluvia cae fortísima a las 12:30, la hora de salida del turno de mañana. Los niños corren en dos direcciones, hacia las dos puertas de salida. Afuera, a algunos los esperan sus mamás y abuelas. Escaleras arriba del centro 14, la puerta da a El Mezquital, es la puerta del Barrio 18. La otra, la que queda en medio de un callejón que da a la colonia La Esperanza, es la puerta de la Mara Salvatrucha (MS). El control de las pandillas en los accesos a la escuela es absoluto: la puerta de arriba lleva a territorio Salvatrucha y la puerta de abajo es 18. “Hay respeto: si te matan, vos hiciste algo”, dice Distinguido.

 

Distinguido salía por la puerta de arriba.

 

El Barrio 18 y la MS convivieron hasta 2005 bajo un pacto de no agresión, como cuenta El Faro en esta crónica. A partir de ahí, el enfrentamiento territorial provocó una gran masacre homicida, entre ellos y contra ciudadanos, en el área metropolitana. No pasaron a tener una relación pacífica, pero sí dejaron de matarse alrededor de 2011 una vez se repartieron colonias. El área metropolitana y buena parte del sur del país está básicamente dominada por la pandilla Barrio 18. Sólo Chimaltenango, en el departamento de Suchitepéquez, es zona plenamente MS. De ahí que la coexistencia territorial entre pandillas sea una rareza en Guatemala. De ahí que El Mezquital sea una rareza. Lo habitual es que una pandilla, con la distribución de sus clicas, domine la mayor parte de un territorio. En El Mezquital, la presencia de Crazy Gangster y Sólo Para Locos (SPL) del Barrio 18 es grande. Pero también está la MS en ciertos sectores.

 

La estrategia del descenso criminal

 

La persecución penal estratégica, que es cómo denominaron la PNC y el MP a su trabajo en homicidios de 2009 en adelante, también tuvo sus efectos en decenas de colonias de Villanueva, y muy en particular en El Mezquital. Esas tres palabras juntas significaron que ambas instituciones compartieron información, la cruzaron e hicieron investigaciones juntos para atacar estructuras criminales pandilleras y armar casos sólidos para llevar ante los jueces.

 

En 2013, PNC y MP fundamentaron la persecución penal estratégica contra la llamada Rueda de Ranfleros (líderes de principales clicas) del Barrio 18, que está en la cárcel de Fraijanes 1. Unieron cinco casos de años anteriores y se apoyaron sobre todo en un caso de 2011 en el que la Rueda mandó matar a integrantes de la MS basándose en más de cincuenta escuchas en varias colonias del área metropolitana, de las que tres, incluyéndose El Mezquital, eran colonias de Villa Nueva. Detuvieron a un pandillero e imputaron a siete que ya estaban presos.

 

Ese mismo año, identificaron por primera vez a la clica Crazy Gangster y probaron cómo operaban en varias colonias de Villanueva, también en El Mezquital, basándose en dos expedientes de 2011. Según consta en el expediente, la PNC detuvo a 20 integrantes de la clica e imputó a dos que ya estaban detenidos. En la mayoría de casos, las detenciones fueron coordinadas con el ejército; en este fueron 700 efectivos entre policías y militares.

 

A partir de 2014, El Mezquital experimentó un repunte de las extorsiones y de los homicidios. Y la estrategia del MP fue implantar escuchas telefónicas a pandilleros para prevenir extorsiones y, por ende, posibles muertes. En 2016, la PNC y el MP desarrollaron una operación conjunta llamada Rescate del Sur que implicó la detención de centenares de cobradores, y algunos líderes, en varios departamentos del país, incluido El Mezquital.

 

Los hijos de los pandilleros

 

A la hora del recreo, decenas de adolescentes y niños corretean por el centro 14, un edificio de dos alturas con una amplia balconada abierta al patio central. “El personal docente es muy respetado por las pandillas: es increíble, pero vienen padres pandilleros a escuchar sobre sus hijos”, dice Heidi Estrella, coordinadora de básico y bachillerato.

 

Esta docente que lleva 16 años en el centro, hasta 2017 vio por primera vez una psicóloga en la escuela, como parte del proyecto Convivimos, un consorcio de cinco oenegés financiadas por EEUU que hacen trabajo social y educativo en seis municipios violentos. Un proyecto que durará hasta 2020 y que pretende incidir de forma coordinada en la vida educativa y comunitaria de estos futuros adultos.

 

Distinguido se graduó de sexto de primaria a los 30.

 

La lluvia se convierte en diluvio. Del diluvio, Distinguido se resguarda en su casa. La lluvia aporrea el techo de lámina. Su cama domina su cuarto. Dos peluches grandotes con forma de niño y niña encabezan las almohadas. Los llama Ana y Andy. Tiene cinco gorras colgadas en la pared de su cuartito.

 

Distinguido conoció la poesía con Fe y Alegría. Hoy esa institución educativa trabaja con los niños de la que fue su escuela de primaria, El Mezquital I, ese lugar que hace veinte años él veía violento. Fe y Alegría, a través del consorcio Convivimos, se enfoca en la identificación de alumnos con liderazgo.

 

Salvo contadas excepciones, las instituciones educativas sienten y marcan límites físicos. Profesores, maestros y educadores de fundaciones. El límite es la escuela. “Nuestro territorio sólo llega a esta escuela, si vamos más allá, somos mal vistos”, dice Sergio Sequén, coordinador de Fe y Alegría en Villa Nueva, apostado en una pared frente al patio de la escuela: “Tememos represalias”.

 

Una patrulla policial vigila la entrada a la escuela El Mezquital I a las ocho de la mañana. Eso significa que es una Escuela Segura, el sistema de vigilancia que el Ministerio de Gobernación otorga a algunos centros. La escuela tiene 315 alumnos, pero hoy está muy vacía. Es miércoles y el viernes empiezan las vacaciones de medio año. Algunos niños juegan fútbol en el patio.

 

Un niño camina solo por la calle paralela a la que se despide Distinguido. Saluda amable. Si mucho, mide 1.20 metros. Sonriente y flaquito, va sin compañía a hacer un recado con su copete perfectamente peinado. En las mañanas, va a la escuela solo. En las tarde, regresa de la escuela solo. Este caminante solitario de ocho años es parte del gobierno escolar, un grupo de niños líderes que representan los intereses de sus compañeros frente a la dirección de la escuela, un proyecto impulsado por Convivimos. Por ley, todas las escuelas de Guatemala deberían de tener un gobierno escolar. Pero no es así.

 

Fueron Convivimos y las autoridades de la escuela quienes abrieron convocatoria para que los alumnos presentaran sus planillas escolares con un proyecto para los estudiantes.

 

El grupo de niños líderes se sienta en una mesa de piedra en el patio central de su escuela para hablar con estas periodistas. No saben de qué van a hablar, no saben qué les van a preguntar, se miran y se ríen nerviosos. En voz bajita acceden, pero sin dar sus nombres y sin ser fotografiados. Sólo aceptan que se registre su voz. Acompañados de William, su tutor de Fe y Alegría, piensan en el peligro. Las preguntas se multiplican. La idea es entender qué interpretan ellos como violencia. ¿Hay algún lugar seguro para ustedes? “Mi casa”, dice el niño que camina solo.

 

Tras catorce minutos de preguntas rápidas y respuestas breves, una niña de melena rubia y ojos huidizos no ha dicho nada aún y su silencio es interpretado como respuesta. ¿Entonces no estás segura ni en tu casa?

 

Aunque en el Mezquital bajaran los homicidios, todavía es un lugar inseguro.
Los de sexto grado son los más tremendos de la escuela. Lo dice la directora, Patricia Carpio, que hoy es la profesora de lenguaje y comunicación del grupo. El maestro asignado se fue a principios de junio. Y no hay reemplazo. El aula está lleno de pintas en las paredes y tiene techo de lámina. Hay examen de lenguaje, pero la directora también tiene que cuidar a los de quinto. Y deja a las periodistas a cargo. Tras el griterío inicial, se van quedando callados, pero dos alumnos piden las respuestas a las preguntas. En menos de quince minutos, todos entregan el examen.

 

En su despacho, ubicado junto a la entrada del centro, paralelo al huerto que están haciendo los niños del gobierno escolar, marca la diferencia entre dos mundos: “Dentro de la escuela no se ve violencia, fuera, sí”, dice esta docente oriunda de El Mezquital. “No hemos tenido problemas con las pandillas dentro”, añade esta mujer que una vez iba a ser asaltada en un bus, pero no le robaron. A la seño Paty no, se dijeron entre sí los ladrones exalumnos.

 

Entre el semáforo de la colonia Villa Lobos hasta la colonia La Esperanza domina el Barrio 18. En la puerta de la escuela, en la última década, han muerto al menos dos madres cuando iban a dejar a sus hijos.

La molestia por las fotos

 

Elubia Velásquez, coordinadora de la fundación Glasswing en El Mezquital I, cuelga su celular sonriente. Acaba de hablar con la mujer del líder de la clica que manda en el entorno de la escuela El Mezquital I. Dulcemente, calma a la persona que le pide explicaciones sobre por qué hay una persona fotografiando fuera de la escuela. La persona que toma fotos es la fotógrafa de este reportaje. Le aclara que son fotos desde fuera del centro hacia dentro. Nada más.

 

“No defiendo a las pandillas, defiendo a las personas”, dice Elubia Velásquez, más conocida como Lulú. Esta mujer de dientes grandes, uñas moradas desmaltadas y ojos que atraviesan, trabajó ocho años en prisión con expandilleros. Desde hace dos años, se emplea en la escuela donde estudió en su niñez, en un estrecho salón lleno de color, que notoriamente se distingue del resto de aulas por las frases motivacionales de las paredes.

 

Para explicar la conversación que acaba de tener por teléfono, acude a su historia personal. Dice que es amiga de muchos pandilleros. “Aquí [en la escuela] están sus hijos y nadie de ellos quiere que les pase lo que ellos pasaron”.

 

Lulú mantiene un código de protección a la infancia, que otorga un punto de lógica a la última llamada que ha tenido. “Independientemente de tener un contacto afuera, hay una garantía de que alguien se está fijando en sus hijos. Yo les digo: vos sabés que hay un vacío existencial en tus hijos”.

 

Glasswing es una oenegé que recibe fondos de Usaid, que es cooperación estadounidense, para apoyar en clases extraescolares en las escuelas, entre otras organizaciones y empresas. “Aquí adentro es cuestión de nosotros. No se le pregunta por qué lo hiciste sino cómo te sentís con lo que pasó”. El objetivo es que los niños pasen el menor tiempo posible en la calle.

 

Algo así como el programa Escuelas Abiertas entre 2008 y 2011, desmantelado por el Partido Patriota para instalar la vigilancia policial afuera de los centros, conocido como Escuelas Seguras.

 

“Hace quince años, yo me creía súper poderosa”. Lulú es una mujer de fuerte presencia que a sus 35 años admite que fue víctima de abuso sexual en su infancia. Se denomina en pretérito “niña problema, niña violenta”. Y fue marera de la 23, una de las centenares de maras que había en los noventa, que se enfrentaban a través del break dance, no con armas, y que luego fueron desapareciendo con la entrada de la MS y el Barrio 18.

 

Una educadora que se siente superviviente y resiliente, porque superó el trauma y aprendió a perdonar a su padre, aunque a los 13 años le movió de sitio la matriz de la paliza que le dio. “Un niño que carece de amor, de atención, de plata, es el gancho para que caigan en pandillas. Aquí, hay atención al menos”, dice Lulú.

 

Pragmática, cree que el Estado de Guatemala no va a tener fondos para mejorar la educación de los niños. “Aceptemos lo que viene de Estados Unidos. Si me lo hubieran dado [dinero] en aquella época [cuando empezaba a trabajar con niños], hubiesen amortiguado [la situación]”, dice esta educadora que cuestiona la falta de mantenimiento de la mayoría de proyectos educativos de cooperación.

 

Pragmática y crítica: “Usaid tal vez hacen negociaciones con la gente menos indicada”.

 

“Edwin Escobar ha caminado todas esas calles antes de ser alcalde”, dice el alcalde, que habla de sí mismo en tercera persona, tras ser preguntado por el comentario de Lulú. Es la hora del almuerzo y tiene reuniones, así que empieza a hablar picando unos churros que le han puesto en la mesa. Un camarógrafo, tres personas más del equipo de comunicación y el jefe de seguridad de Villa Nueva lo acompañan en una mesa para ocho.

 

En la sala de reuniones de la Asociación Nacional de Municipalidades (Anam), Edwin Escobar entrega un documento sobre todos sus proyectos en Villa Nueva y empieza a hablar sin permitir preguntas sobre el efecto globo de los homicidios. “La violencia como epidemia cultural es como una enfermedad, se mueve”, dice este político que cree que nueve de cada diez homicidios se dan por disputas entre las pandillas. “En ese mundo, es más rápida la creación de una clica que su desestructuración”, dice el alcalde Escobar. Sus frases las fundamenta en los mapas de calor, que señalan los homicidios en Villa Nueva, que muestra el jefe de seguridad.

Gatío. Así dice Edwin Escobar que le apodan los pandilleros. No sabe si por ser rápido o por sus ojos azules. Desde hace dos años, mira a las pandillas desde otro prisma, el de las drogas. “A las maras les pagan con droga y eso les obliga a hacer narcomenudeo”, dice sin mostrar pruebas. Gatío dice que el apoyo de EEUU fue clave para reducir homicidios en Alioto, colonia donde empezaron a trabajar, con las primeras quince cámaras de las 254 de fibra óptica que están conectadas al centro de monitoreo de la municipalidad.

Cuando Escobar llegó a la municipalidad de Villa Nueva en 2012, Alioto tenía un promedio de 9 homicidios al año, según los datos de la PNC. A partir de ese año no han matado a más de 2 personas.
Antes de entrar a la alcaldía, dirigía una oenegé, que combinaba con sus otras actividades empresariales. En esa oenegé financió una plataforma que permite que los usuarios, bajo anonimato, denunciar cualquier tipo de delito y las muestra en tiempo real. Tiempo después entregó el proyecto a la municipalidad y lo bautizó como “Seguridad para nuestra comunidad”. Este servicio ahora está conectado al centro de monitoreo y videovigilancia.

Para que una denuncia se muestre necesita cuatro reportes vecinales con direcciones similares para que validar que los datos son fiables. “No es mi obligación, lo hago porque me interesa la seguridad”, dice mientras pide a su jefe de seguridad, Juan Estrada, que muestre en su computadora el programa.

La relación del alcalde de Villa Nueva con Estados Unidos tomó forma mediática cuando el exvicepresidente Joe Biden visitó el municipio hace dos años. “Al Gobierno de EEUU le gustó mucho que teníamos información para medición”, dice orgulloso.
Lo que sí funciona es el trabajo conjunto entre la Policía Municipal de Tránsito (PMT) y la Policía Nacional Civil (PNC) de la comisaría modelo con el centro de monitoreo. Es parte de lo que Ludwin Jerez, subjefe de seguridad de Villa Nueva, denomina como CA4: bomberos, municipalidad, líderes comunitarios y PNC.

PNC y PMT hacen patrullajes combinados con chalecos antibalas donados por EEUU, aunque los agentes de la PNC tienen relevos tan seguidos que no llegan a dominar el área que visitan. “Hay gente que confía más en nosotros, por eso funciona la alcaldía como enlace”, dice el policía municipal Jérez tras una visita al centro de monitoreo de la municipalidad, cuyo lema es SPNC: Seguridad Para Nuestra Comunidad.

El subjefe de seguridad municipal no muestra los dientes bajo su finísimo bigote. Este hombre con chaleco y gorra que tienen escritos Villa Nueva, era un líder comunitario en El Alioto hasta que conoció a Edwin Escobar. Mientras muestra vídeos y fotos de las cámaras de seguridad que tiene en su celular, sale en su carro en una mañana tormentosa de junio para mostrar la comisaría modelo, ubicada dentro de una casa antigua en el centro de Villa Nueva, donde se expenden los antecedentes policíacos. Por el radio, habla en código policial. Delta 4, por ejemplo, significa que ha avistado a un pandillero, dice Jerez, alias Sierra Dos.

Desde 2017, la comisaría modelo trabaja con la Dirección General de Investigación Criminal (DEIC) que hay en Villa Nueva, el único municipio que, junto a la Ciudad de Guatemala, cuenta con oficina de la DEIC. Ubicada en una casa antigua en el centro, tiene apenas muebles de trabajo. Entre esa oficina y la comisaría modelo, Óscar Cuy es enlace de ambas instituciones.

El agente Cuy anda en jeans y no suelta sus llaves. Dice que El Mezquital es un área complicada porque llega gente del resto del país y otros municipios. “Son los patojos los que delinquen”, dice este investigador que llegó a ser jefe de la DEIC en Villa Nueva tras pasar la prueba del polígrafo de INL. Cree que no se puede quejar, porque tiene 37 policías a su cargo y porque en la comisaría modelo tienen herramientas como el MI5, un dispositivo donado también por EEUU que permite identificar a personas con antecedentes penales en segundos durante los operativos. “Lo único que no tengo son cámaras”, dice resignado.

Tras un patrullaje para los periodistas, el subjefe de seguridad de Villa Nueva se asoma al borde de las gradas que bajan a la llamada La Isla, la zona más aislada de El Mezquital, a la que sólo se puede acceder caminando. Desde ahí, bajo el chipi chipi, el policía municipal Ludwin Jerez dice que la operación Fénix, un operativo policial con apoyo de INL para recuperar casas que estaban bajo control de las pandillas, no fue lo que tenía que ser: “Metieron tanques, no hubo inteligencia, entraron de forma muy alocada y no hubo capturas”.

Fuentes de la embajada creen que el plan Fénix fue un éxito. Más porque luego construyeron dos centros comunitarios para los vecinos en la colonia. El centro que está en el sector El Éxodo, detrás de la escuela El Mezquital I, tiene la fachada dañada. El otro centro, muy pequeñito, está junto a la puerta de salida del Barrio 18 en el centro 14 de Fe y Alegría, tiene un cartel que dice: ‘Por favor, no destruya este módulo, tiene dueño, son los niños y niñas. Próximamente, será laboratorio de computación y aula de inglés’. Casi un año después, los dos centros comunitarios están cerrados.

Distinguido, el rapero poeta y entrenador de fut para niños, saluda a un vecino que chapea la enlodada cancha de El Esfuerzo para el partido infantil del sábado. La municipalidad, dice, les había prometido arreglar la cancha. Pero el espacio, invadido al fondo por una decena de casas, parece que es propiedad privada. Mientras platican, una veintena de personas camina silenciosa afuera del campo. Cargan un féretro de un vendedor de agua recién asesinado. El vecino conoce al muerto, Distinguido, no. Él dice que así son las cosas acá. Por no hablar de violencia, que disminuyó pero todavía es alta, el aprendiz de rapero eligió cantar historias de amor. Duelen, pero no matan.

* El nombre y el alias de la persona fueron cambiados por petición del entrevistado un año posterior a la publicación de la nota.

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