La aldea obligada a volver a la oscuridad

XEPUTUL 2

Por:

Elsa Cabria

Ximena Villagrán

Fotografía:

Oliver de Ros

Edición:

Ricardo Vaquerano

XEPUTUL 2 - EL INTERCAMBIO

En una aislada aldea de Quiché, hace siete años que nadie paga el mantenimiento de sus paneles solares. Creen que, como fue una donación, el donante debería costearlo. Detrás de esa lógica subyace una realidad brutal: en un país en el que la electricidad es una mercancía más y el Estado no garantiza el acceso, los más pobres deben decidir entre alumbrarse y comer.

En una aislada aldea de Quiché, hace siete años que nadie paga el mantenimiento de sus paneles solares. Creen que, como fue una donación, el donante debería costearlo. Detrás de esa lógica subyace una realidad brutal: en un país en el que la electricidad es una mercancía más y el Estado no garantiza el acceso, los más pobres deben decidir entre alumbrarse y comer.

En 2012, el comité vecinal de Xeputul 2, una aldea rodeada de platanares en el centro del departamento del Quiché, para dar electricidad solar por primera vez a su pueblo, debía seleccionar a las dos mujeres que iban a estudiar durante seis meses en una universidad financiada por donaciones en la aldea Tilonia, en India. Solo había que resolver un punto: para emprender un viaje como ese, en la aldea las mujeres debían pedir permiso a sus maridos.

Catarina Mejía (izq.) e Isabel Torres, frente al taller, que lleva años abandonado, de la aldea donde se guardan los repuestos y las piezas para dar mantenimiento a los paneles fotovoltaicos.

Catarina Mejía (izq.) e Isabel Torres, frente al taller, que lleva años abandonado, de la aldea donde se guardan los repuestos y las piezas para dar mantenimiento a los paneles fotovoltaicos.

Xeputul 2 está fuera de la red eléctrica nacional, en una de las zonas más pobres de Guatemala. Es una pequeña comunidad de casas de lámina desperdigadas, en las que viven 25 familias agricultoras. En un marco de frondosas montañas, sin electricidad y frente a las torres de cables de alta tensión de la hidroeléctrica Palo Viejo, la quinta más grande de las 44 que hay en el país, la aldea vive en pobreza energética. Por eso, hace siete años, la universidad india pidió que las mujeres escogidas tuvieran liderazgo en la comunidad y fueran reconocidas por su fortaleza y determinación. Pero los hombres, posesivos, no querían que sus parejas se fueran a 15 mil kilómetros en avión.

Descartadas las mujeres de 23 familias, sólo quedaban dos, y por eso, Martín Pérez, secretario del comité vecinal, llamó por teléfono a Isabel Torres, que estaba en una finca de la costa de Escuintla, cosechando caña de azúcar. Isabel aceptó. Isabel aceptó porque su hija casi muere calcinada por dejar una candela encendida al pie de su cama. Además, Isabel pudo decidir sin pedir permiso de un hombre. Porque es viuda. Quedaba una plaza y una sola mujer a la que consultar. Por eso, después, Pérez preguntó a su pareja, Catarina Mejía, si quería ir a India. Catarina pensó que por su propia decisión iría, pero optó por pedir permiso a Martín.

Catarina convive con Martín desde hace treinta años sin casarse. Ahora, debe de rondar los cincuenta, pero no sabe cuántos años tiene. De rostro duro, nariz pequeña y dientes grandes y largos, sonríe y se toca recurrentemente su despeinada cola. Da la impresión de que es tímida. Pero es esa falsa sensación de timidez que percibe uno cuando habla con alguien que no domina tu idioma. Habla ixil, una de las 22 lenguas indígenas de Guatemala. Catarina apenas sabe español y las reporteras no saben ixil.

Es 4 de diciembre de 2018. La que la traduce es Matilia Cedillo, una platicadora ingeniera de la asociación Semilla de Sol, que funciona de enlace con la universidad india en Nebaj, cabecera de Quiché, a tres horas en carro de la verdérrima Xeputul 2.

Barefoot College beca con fondos del gobierno indio a mujeres analfabetas de todo el mundo para que se gradúen como ingenieras solares. Tienen que tener entre 35 y 50 años y vivir en extrema pobreza. El programa establece que las comunidades reciben paneles solares donados, las graduadas los instalan y la comunidad tiene que costear el mantenimiento de las baterías.

En 2012, Catarina Mejía salió por primera vez de Quiché, se subió a su primer avión con Isabel Torres y se fue a India. Con solo primaria, Catarina pasó a hacer un curso en una universidad para instalar paneles solares en las 25 casas de Xeputul 2 y en otras dos aldeas, a cambio de un salario de Q50 (casi US$7) el día y su almuerzo.

La distancia de la desconexión

Estos puntos identifican cada uno de los lugares que se mencionan dentro del reportaje.

Santa AvelinaNebajChajulSan Juan CotzalHidroeléctrica Palo ViejoFinca San FranciscoXeputul II

Pero el proceso de donación a cambio de mantenimiento falló pronto: en seis meses, Xeputul 2 acordó bajar de Q30 (US$4) a Q15 (US$2) la cuota mensual. El comité vecinal que envió a la India a Isabel Torres y a Catarina Mejía fue el primero en dejar de pagar su parte. El pueblo de común acuerdo decidió hacer lo mismo y repartirse el dinero de la cuenta bancaria. El gasto era alto para la gente de la comunidad, que en su mayoría vive de hacer la temporada de café o la zafra del azúcar y de agricultura de subsistencia.

Por otro lado, los Q15 que les permitirían preservar acceso a electricidad representaban la mitad de lo que cuesta a una familia comprar candelas para un mes. La pobreza no se elige y esta comunidad eligió dejar de pagar por su electricidad porque les parecía una contradicción tener que desembolsar algunos centavos que no tenían para un servicio que llegaba producto de ayuda. Una donación es una donación, nos dijeron.

Mientras prepara café con pimienta en su lúgubre y oscura cocina, Isabel Torres, instaladora de paneles, iluminada por la poca luz que logra filtrarse entre las láminas de su casa, recuerda absorta sus días en India.

El primer empleo a los cuarenta

En Guatemala la distribución de electricidad está a cargo de 18 empresas, que no ven rentable llevar el servicio a lugares tan remotos como Xeputul 2, condenada a la oscuridad.

Seis años después del inicio de aquel experimento de los paneles solares, sólo Isabel Torres y Catarina Mejia creen necesario gastar ese dinero para poder tener alguna bombilla encendida o evitar caminar dos horas, hasta Santa Avelina, el pueblo con electricidad más cercano, para que sus hijos carguen sus teléfonos celulares. Según la lógica comunitaria de una aldea tan pobre, si los paneles fueron una donación, no deberían costear el mantenimiento.

El empleo le duró seis meses a Catarina Mejía. Fue el único que tuvo en su vida fuera de su casa. De pie en su cocina de piso de tierra, su enjuto rostro es un contraluz delante de la puerta. Si algo falla, es ella la que arregla las baterías de los dos paneles de su casa de lámina. Tiene dos baterías, igual que su compañera Isabel. Y dos paneles, que fue el privilegio que recibieron por ser las instaladoras. El resto de la gente tiene solo uno. Desde 2014 —fecha en la que se inauguró el proyecto en Xeputul 2—, ella revisa su equipo eléctrico. Hace poco, la última semana de noviembre, las lluvias duraron siete días y los paneles no sirvieron porque funcionan gracias a los rayos solares.

Catarina Mejía no celebra su cumpleaños porque no sabe cuándo es. Sabe que a los cinco años hacía tortillas de maíz para darle de comer a los seis perros de su papá; huyó a los diez años a las montañas después de que el Ejército de Guatemala matara a uno de sus hermanos durante el conflicto interno armado. Dedicó años a cuidar a sus cuatro hermanos restantes en el bosque. Conoció a su pareja, Martín Pérez, en la montaña mientras ambos huían de los militares. Tuvo tres de sus cinco hijos durante los quince años que pasó oculta para sobrevivir. Ahora dice que necesita un empleo. Sentada en su cocina, arruga hacia abajo la boca porque depende del dinero de su pareja agricultor.

La nieta de Catarina Mejía, de tres años, se llama igual que ella. Mira de reojo bajo su gorro de lana azul desde el marco de la puerta mientras ve en su celular la película Depredador 1. De fondo, suena Gaudeamus Igitur en el radio. La hija de Catarina lo apaga. La abuela, con la luz tenue de la puerta, trata de contar su historia. A juzgar por los detalles que cuenta, su edad debe de rondar entre los 45 y 50 años. Aparenta más, como le sucede a mucha gente que se expone al sol por trabajar en el campo.

En Xeputul 2 las casas están esparcidas por las nubosas montañas y rodeadas de árboles frutales.

En Guatemala, por ley, la generación, transporte y distribución de electricidad están a cargo de distintas empresas, por lo tanto las empresas generadoras de energía no tienen permitido proveer electricidad a las comunidades cercanas. Por esto, la central Palo Viejo estuvo envuelta en muchos conflictos con comunitarios de la zona alrededor de 2012, año de su inauguración.

En Xeputul 2, en un plazo de semanas la solución al problema se convirtió en un nuevo problema. Para resolverlo, la comunidad decidió que la electricidad era un servicio innecesario. Que la electricidad no es un bien básico, sino un privilegio del que tuvieron que prescindir. Un lujo para una comunidad olvidada por el Estado. Seis años después, cada panel donado genera electricidad para dar luz a un enchufe y dos bombillas, pero no hay mantenimiento de los equipos por decisión comunitaria. El tiempo de vida de las baterías ronda los nueve años: si la gente no costea el mantenimiento por su propia cuenta, en tres años, la aldea volverá a usar solo candelas. Un retorno a la pobreza energética extrema.

Desde que Catarina Mejía instaló los paneles, no hay hogares que se hayan quedado sin luz, porque el tiempo de vida de las baterías donadas es de nueve años. Faltan cuatro años para que las baterías empiecen a dejar de funcionar. La donación tiene fecha de caducidad y los vecinos, ninguna intención de cambiar el previsible final de la historia de la primera electricidad en Xeputul 2. La de esta aldea no es una historia aislada. En Latinoamérica, muchas comunidades beneficiadas con paneles solares, les dejan de dar mantenimiento. La pobreza energética es una decisión: si hay que invertir el poco dinero que tienen, no será en luz. Saben vivir sin ella.

Cinco hermanos en la montaña

A principios de los ochenta, Catarina Mejía conoció a su pareja en la montaña. Aunque apenas eran unos niños, junto con decenas de personas crearon una Comunidad de Población en Resistencia (CPR). Las CPR de la Sierra fueron decenas de pueblos desarraigados que huyeron a la montaña en el área de Chajul. Durante al menos diez años fueron nómadas escondidos del Ejército, que consideraba a las CPR como el brazo comunitario de la guerrilla comunista. Catarina crió en la montaña a cuatro de sus siete hermanos porque su madre estaba desaparecida y su papá se juntó con otra mujer.

En octubre de 1982, el comandante del destacamento de Cotzal amenazó de muerte a los vecinos de Xeputul 2. Así queda recogido en Guatemala, memoria del silencio, informe de la Comisión para el Esclarecimiento Histórico, uno de los escasos documentos oficiales sobre el Conflicto Armado Interno de Guatemala, que cifró en más de 200,000 los muertos durante la guerra.

Les dijo que en su comunidad había guerrilleros. Unos días después, el Ejército capturó y desapareció a Nicolás Pérez en el vecino pueblo de San Juan Cotzal y a otros dos hombres. Los tres eran dirigentes del comité vecinal de Xeputul 2. Así recuerdan los vecinos la desaparición del papá de Martín Pérez, cuyo testimonio quedó recogido en el informe.

La mamá de Martín era Ana Zambrano. Su hijo recuerda que poco después de la desaparición de su padre, su madre desapareció en Xeputul 2 con sus cinco hermanas. Martín tenía 13 años. La mayor de sus hermanas, Susana, como su mamá, nunca regresó. Las cuatro sobrevivientes fueron dadas en adopción y vivieron en Ciudad de Guatemala hasta que hace una década lograron organizar un reencuentro en la capital con Martín.

Los militares no admitieron que mataron a los padres de Martín, pero entre los vecinos consultados dentro del informe de la Comisión de Esclarecimiento Histórico, la teoría es que le asesinaron porque era guerrillero. Aunque Su hijo, Martín, dice que no lo fue. La casa de Catarina, ubicada en un alto con vista panorámica a un río y a las torres de alta tensión, queda a un lado del terreno de los papás asesinados de su pareja, donde hoy vive el único hermano varón de Martín, que igual huyó a la montaña en la guerra.

Desde casa de Catarina Mejía, en lo alto de una ladera de la aldea, los paneles solares descansan sobre el techo de lámina desde donde se observa, a lo lejos, cómo el tendido eléctrico se diluye entre la vegetación.

En diciembre de 1982, prosigue el informe, el comandante de la Patrulla de Autodefensa Civil (PAC) -unidad comunitaria de refuerzo militar acusada de centenares de asesinatos en Quiché- dijo a la gente de Xeputul 2 que la guerrilla había vuelto y que se dirigieran a la finca San Francisco, una de las dos fincas cafetaleras más grandes del occidente de Guatemala. Detuvieron a un número indeterminado de personas y las separaron en dos filas: en una trabajadores de la finca y en la otra, gente de la aldea. Después trasladaron unas noventa personas al destacamento militar que había en la finca. Nunca se volvió a saber de ellos, señala el informe.

San Francisco es propiedad de la familia de origen italiano Brol, una de las más acaudaladas de Quiché. Es parte de la oligarquía de migrantes europeos que llegaron a Guatemala a principios del siglo XX. En 1969, nueve años después de que empezara la guerra, el patriarca de esta familia, Jorge Brol, fue asesinado. Diez años más tarde, su hijo, Enrique Brol, fue asesinado por el Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP), grupo armado que surgió en Quiché. No se empezó a hablar de paz sino hasta principios de los noventa. En ese momento, las CPR de la sierra empezaron a confiar en regresar a la vida sedentaria, después de un asedio recurrente reconstruido por la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos. A mediados de la década, Catarina Mejía y Martín Pérez regresaron de la clandestinidad para establecer su aldea, Xeputul 2, cuando la guerra estaba por terminar. Construyeron sobre una aldea arrasada, que primero se llamó Xeputul, mismo nombre que su CPR. La mamá de Catarina apareció y su papá abandonó a su novia para regresar con la familia.

La de Xeputul 2 es una historia de desarraigo social, político y energético. Para entrar a la aldea hay que pedir permiso. Un guardia de seguridad privada de la finca San Francisco pide la documentación de los visitantes porque para llegar a la aldea hay que atravesar la propiedad. Después de media hora por una calle de terracería se llega a un empinado lodazal, intransitable sin carro de doble tracción, que lleva a esta aldea creada sobre los restos de aquella otra Xeputul que desapareció durante la guerra.

Tras varias horas en carro (desde Nebaj) por los caminos de terracería y piedra de Quiché, y tras pasar el registro policial de la finca San Francisco, un modesto cartel colgado en una de las casas anuncia el nombre de la aldea.

La lideresa que nunca lo fue

“Aquí, la cultura de los hombres es de ser celosos, pero eso no fue un problema para mí”, recuerda Martín Pérez, la pareja de Catarina, para hablar de las costumbres de la aldea. El 4 de diciembre de 2018, día de la visita a Catarina, él está trabajando en su parcela, a dos horas de distancia, y le contactamos días después por teléfono. Dice que aceptó la misión de ella porque era por el bien común. Fue el único. Martín y Catarina acordaron que ella no tendría ninguna relación con otro hombre en su viaje. Pero él no dice que, mientras ella estaba en India, no estaba seguro de que fuera a serle fiel. “Algunas vecinas le decían que se iba a ir con otro hombre”, cuenta la traductora de Catarina siete años después.

En Barefoot College, Mejía estudió guiada por dibujos y colores cómo armar e instalar distintos tipos de sistemas eléctricos. El objetivo era que se convirtiera en lideresa en su comunidad para que enseñara a otras mujeres el oficio. Catarina ríe. Cree que sus dos hijas algo han aprendido de verla con los paneles, pero sólo ella se encarga. Nadie le ha pedido que le enseñe y ella no lo va a hacer porque no le pagan.

Con un centro de Barefoot en Quiché, en 20 años se podrán ver cambios en actitudes, decisiones y liderazgos en el mundo rural”. Rodrigo París, director para Latinoamérica de Barefoot Collage

La separación no fue un período fácil. En el tiempo que Mejía y su compañera vivieron en Nueva Delhi, las mujeres del pueblo cuestionaron a Martín Pérez. “Algunas comenzaron a maltratarlo, le decían que no era hombre, que [yo] estaba durmiendo con otro”, recuerda Mejía, “Él creía que tal vez. Los rumores sí afectaron”.

Catarina Mejía es poco expresiva hasta que algo le hace gracia. Entonces, exhibe con seguridad la abrupta cordillera que tiene por sonrisa. Está acostumbrada a no tener luz, pero le gusta poder cocinar en su estufa de leña a las tres de la madrugada iluminada con una bombilla. Es la hora en la que le prepara el desayuno y el almuerzo a Martín, que sale a trabajar temprano al campo. Recuerda que, quince días atrás, un vecino de otro pueblo le increpó de nuevo a Martín: “Le decía que no fue hombre, que cómo mandó a su esposa a otro país”.

Catarina Mejía, taciturna, remueve acompasadamente la olla de café que está preparando.

- ¿Crees que un hombre es menos hombre por dejar que su mujer se vaya o crees que la mujer puede decidir libre? -preguntamos a Catarina.

- Los hombres tienen que dar expresión [voz] a la mujer, pero como mi pareja me vio buen comportamiento, tuvo la confianza de que me fuera.

La maestra analfabeta

Por tratarse de un modelo alternativo, el sistema de Barefoot no puede formar a tantas mujeres como las universidades tradicionales. Hasta el momento, esta universidad de “pies descalzos” (por su nombre en inglés) ha capacitado a un centenar de mujeres de Latinoamérica en India. Es un título propio, específico para analfabetas y semianalfabetas. Por eso, en Zanzibar (África), otra de sus sedes, no tiene categoría de universidad sino de centro de capacitación.

Provenientes de aldeas remotas de Guatemala, 19 mujeres han estudiado en India de 2012 a la fecha. Desde 2014, Barefoot College negoció con los dos últimos gobiernos para recibir el aval político que le permitiera instalar una universidad entre San Juan Cotzal y Chajul (Quiché), dos de los municipios más afectados por asesinatos y desapariciones en los años más duros de la guerra (1980-1982) y una de las zonas más pobres del país. El terreno, cedido por una asociación, hace tiempo que está disponible. La idea es que las cerca de veinte mujeres que ya han sido formadas en todo el país, puedan ser maestras. Pero cinco años después de ese inicio de negociaciones, el proyecto de Barefoot en Guatemala es una idea que no ha cuajado aunque ha pasado por dos gobiernos, dos vicepresidentes y tres ministerios.

El gobierno indio financió el viaje de ambas mujeres y sus visas y Enel aportó los paneles y el traslado de los equipos solares para Xeputul 2 y para otras dos comunidades donde Catarina e Isabel instalaron los equipos. También se encargó del boleto de avión de las dos mujeres.

Catarina Mejía muestra uno de los fusibles de su casa, que utiliza en las baterías de los paneles solares, donación del gobierno indio.

La importación de los paneles solares a Guatemala los pagó la transnacional Enel Green Power, empresa italiana dueña de la hidroeléctrica Palo Viejo, uno de los proyectos más polémicos y politizados en los años en los que las energías renovables parecían la vaca de oro de los negocios en el país. El enfrentamiento con los llamados líderes ancestrales de Cotzal -con legitimidad social, pero no institucional- elevó el bloqueo a Palo Viejo hasta los tribunales. En el año en que Palo Viejo empezó a funcionar, contactó a Barefoot para pagar la importación de todos los materiales de India a Guatemala.

La alianza ya no existe porque Enel apoyó a Xeputul 2 dentro de su programa de Responsabilidad Social Empresarial, que se circunscribió a 2012. La razón es que su RSE estaba vinculado al Pacto Mundial, un programa en el que empresas firman un decálogo de buenas prácticas. En 2013, la municipalidad de Cotzal y la firma italiana firmaron un acuerdo que aseguró por 20 años el funcionamiento de la hidroeléctrica Palo Viejo, a cambio de un aporte anual mínimo de Q2.3 millones a la alcaldía. Hoy, Enel Green Power Guatemala (EGPG), con una capacidad instalada total de 85 megavatios genera 6% de la energía hidroeléctrica del mercado guatemalteco, que representa el 36% del total de energía generada, según datos del Ministerio de Energía y Minas.

Las 10 hidroeléctricas con más generación

Palo Viejo e Hidro Xacbal son dos de las 10 hidroeléctricas que más energía generan en el país. Ambas se encuentran en Quiché.

Fuente: Ministerio de Energía y Minas, 2017.

Si el objetivo era que el proyecto de paneles tuviera impacto y que Catarina e Isabel fueran lideresas comunitarias, el proyecto no sólo fracasó al no conseguir que la aldea se comprometiera a pagar la cuota de mantenimiento de los paneles, sino también falló en su objetivo de empoderamiento dentro de la aldea.
"Los cambios estructurales en las zonas rurales de extrema pobreza se ven en el largo plazo, y para ello tener instituciones fuertes es fundamental, por lo que Barefoot College está con el objetivo de establecer el centro permanente de entrenamiento en la zona", dice Rodrigo París, director para América Latina de la organización.

Desde que en 2014, las dos vecinas de Xeputul 2 instalaron los paneles, París advierte que hay cambios positivos, como que la aldea ha tenido acceso a luz, lo que implica una mejora en la calidad del aire de cada vivienda, un incentivo para que los hijos a estudiar en la noche, y que las familias conecten y recarguen sus teléfonos. "Tienen más tiempo al atardecer y al amanecer para vivir, para aprovechar horas con la que antes no contaban", opina.

Xeputul 2 está bajo la jurisdicción del municipio de San Gaspar Chajul, cuya cabecera está a dos horas de distancia. En aldeas así de pequeñas y pobres y alejadas de su municipalidad porque sus habitantes no tienen transporte, el consenso social es fundamental. Son lugares históricamente abandonados por el Estado y lejos de ser una prioridad para sus alcaldes, es el comité vecinal, llamado Consejo Comunitario de Desarrollo (Cocode), el que ejerce de máxima autoridad. Las decisiones se toman por votación popular y quedan registradas en actas. Así sucedió cuando Xeputul 2 decidió dejar de pagar el mantenimiento de los paneles. Igual fue cuando eligieron no costear más el servicio. “No volvimos a pagar, ahí se quedó [el proyecto]”, dice Gabriel Cruz, tesorero del penúltimo Cocode.

Ahora Martín Pérez está de nuevo en el Cocode. Como presidente. Acepta que la comunidad no ha vuelto a hablar de los paneles, pero que él quizá lo proponga: “Lo voy a intentar, porque la gente no piensa que si se termina la batería volverá a las candelas”.

“Good morning”, dice riéndose Catarina Mejía. Esa fue una de las palabras que recuerda de un país al que le gustaría regresar. Del empleo que aprendió en India, sólo le queda arreglar el equipo eléctrico de su casa. Y un pequeño gesto de liderazgo ganado, porque forma parte desde hace unos meses de una asociación de mujeres de aldeas de Cotzal, organizada por la municipalidad.

Catarina, tras visitar el taller de repuestos después de dos años sin entrar, sube por el camino rodeado de plátanos que lleva hasta su casa.

- ¿Su esposo sintió que usted cambió tras el viaje?

- No me ha dicho nada, sigo siendo la misma mujer como he sido siempre. Solo me dice que si se hace una convocatoria de la asociación a la que ahora pertenezco, tengo que asistir, porque es mi responsabilidad -responde Catarina, en boca de la traductora.

El taller para el mantenimiento de los paneles que Catarina compartía con su compañera Isabel, lleva cerrado seis años. Cuando ambas mujeres entran con las visitantes a verlo de nuevo, lo miran con apatía. Para Catarina ya no es su responsabilidad si Xeputul 2 regresa a la oscuridad. Como ella sí arregla su equipo solar, su cocina seguirá iluminado en las madrugadas.

Chel

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Uaxactún

Centroamérica Desconectada es un proyecto periodístico elaborado por la productora El Intercambio y financiado por Hivos América Latina.

Los productos de este proyecto también han sido publicados en BBC Mundo y Plaza Pública.

Elsa Cabria

Periodista

Ximena Villagrán

Coordinadora y periodista de datos

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Fotoperiodista

Ricardo Vaquerano

Editor

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