Un caserío quiere entrar al siglo XX

VALLE DE LA ESMERALDA

Por:

Elsa Cabria

Ximena Villagrán

Fotografía:

Oliver de Ros

Edición:

Ricardo Vaquerano

VALLE DE LA ESMERALDA - EL INTERCAMBIO

Un pueblo de Petén tiene postes y cableado, pero no electricidad. Valle de la Esmeralda, una comunidad de ex refugiados en México por la guerra de Guatemala, ha esperado durante años su conexión al sistema eléctrico. Ante la inacción de su municipalidad, usan paneles, generadores y una empresa de paneles prepago se convierte en su penúltima opción.

Un pueblo de Petén tiene postes y cableado, pero no electricidad. Valle de la Esmeralda, una comunidad de ex refugiados en México por la guerra de Guatemala, ha esperado durante años su conexión al sistema eléctrico. Ante la inacción de su municipalidad, usan paneles, generadores y una empresa de paneles prepago se convierte en su penúltima opción.

- ¿Cómo se llama? - Me pregunta la anciana.

- Elsa.

- Usted es mi hija.

La señora sonríe tras decirle a una desconocida una aparente incoherencia. Bajo un sol quemador de media mañana, Carmelina López acaba de salir a saludar a la carretera principal, una amplia pista de tierra, delante de su casa de lámina. Quienes han llegado de visita buscan a su marido, presidente de La Nueva Esperanza, la cooperativa de la aldea.

Con 76 años, Carmelina está perfectamente lúcida. Elsa es el nombre de una ausencia. Así se llama la hija de la que se despidió hace 23 años para siempre. Elsa le dijo adiós en un campamento de refugiados en la comunidad ejidal de Zamora Pico de Oro, en el municipio de Marqués de Comillas (Chiapas). En ese lugar de México, a solo 20 kilómetros de la frontera con Guatemala, vivieron prácticamente los últimos quince años de la guerra interna del país centroamericano (1960-1996).

- ¿Por qué se regresó a México?

- Yo quise quedarme, pero mis hijos se vinieron. Estuve muy triste, usted, me estuve quebrando… [se echa a llorar] Me acuerdo de mis hijos porque quedaron dos todavía. Mucha tristeza, mire...

Carmelina López vive en una casa de madera, piso de tierra y rodeada de animales de corral.

Carmelina López decidió regresar a su país con su esposo y cuatro de sus seis hijos. Elsa y un varón -del que no mencionará su nombre- se quedaron en México. Esta madre volvió a Guatemala, a Valle de la Esmeralda, en Petén, a 500 kilómetros de Chiantla (Huehuetenango), su lugar de origen. Hoy vive a veinte kilómetros de la frontera con Belice. Regresó en 1995 a un lugar que no conocía y del que no volvió a moverse. No supo jamás qué fue de sus dos hijos.

A principios de los ochenta, en los años más duros de la guerra, unos 46,000 campesinos guatemaltecos huyeron a campamentos en Chiapas. Y, a partir de 1984, a los estados de Campeche y Quintana Roo, según datos de la Comisión Mexicana de Ayuda al Refugiado (Comar), que apenas se había creado en 1980. Lo que México conoció como el refugio guatemalteco implicó que para 1989, mediante repatriación voluntaria, más de 4,000 refugiados regresaran a Guatemala. En 1993 se puso en marcha un programa especial de repatriación voluntaria. En los siguientes seis años, casi 43,000 personas se acogieron al programa.

La fundación, el 12 de julio de 1995, de Valle de la Esmeralda es el inicio de una historia de abandono. Los vecinos -de hasta ocho etnias e idiomas distintos- llegaron de México, pero la mayoría no era de Petén. Carmelina, por ejemplo, es de la etnia mam, numerosa en Huehuetenango. Por eso, entre ellos, hablan en un rudimentario español para comunicarse.

Una parcela de 1,600 metros cuadrados para poner su casa y otra igual para sembrar fue el legado que el gobierno y la agencia de la ONU para refugiados (ACNUR) negociaron con los vecinos durante los Acuerdos de Paz para los retornados. Casi un cuarto de siglo después, no tienen servicio municipal de agua. Porque hace cuatro años que la Municipalidad de Dolores -a la que pertenece- dejó inconclusa la obra para un sistema de agua potable. Tampoco tienen electricidad. Aunque llevan más de dos años con postes y cableado. Algunos tienen paneles solares en sus casas, pocos tienen generadores y los hay que pagan por un servicio de paneles prepago de una empresa privada. Lo que sí tienen todos, parece, es mucha paciencia.

- El alcalde quiere poner luz, pero ya tiene tiempo, no ha puesto -dice Carmelina.

- ¿El otro año? -le preguntamos.

- Todo es igual. Si pone luz, mejor. Y si no, estamos bien.

Historia de un refugio

Todo es igual, dice la paciente abuela. Carmelina López aprieta fuerte los labios para lamentarse y las manos para recordar. Es una bella anciana que aparenta menos edad que sus 76 años de vida, y que luce un lunar sobre el labio. Quizá no representa su edad, dice ella, porque atiende gratis como comadrona a partos en pueblos del entorno de Valle de la Esmeralda, un apartado caserío, entre fincas ganaderas y montañitas deforestadas.

En 1995, los retornados de este caserío llegaron a Flores (Petén) en avión. Luego, en carros de ACNUR hasta la entonces inhabitada Valle de la Esmeralda. Se constituyeron en una cooperativa, a la que llamaron La Nueva Esperanza, para gestionar sus títulos de propiedad. La diferencia para Carmelina fue determinante: en Chiantla, su pueblo, no tenía un terreno y en Valle de la Esmeralda, sí. Los que no eran retornados de México, pero quisieron comprar, pagaron unos Q200 (US$26) de la época.

La deforestación en Petén, el departamento más grande de Guatemala, ocurre, entre otras causas, por el uso de las tierras para ganado, cosechas y por los frecuentes incendios.

De Valle de la Esmeralda, varios vecinos se marcharon porque no soportaban vivir sin electricidad. Carmelina señala al frente y a un costado para indicar dónde vivían dos vecinos que se fueron. Ella se quedó porque su marido tuvo los Q5,000 (US$651) que necesitaba para poner un panel solar. La paradoja es que huir de la guerra a México les permitió, por quince años, tener una casa con luz, agua, calles asfaltadas y tiendas. Pero, al regresar a Guatemala, dejaron de tener servicios básicos.

“Aquí se pone uno triste, usted”, dice con sus manos apretadas, “porque ya no es igual donde estás, allá en el campamento de refugiados hay tortilla, hay comida, hay de todo. Pero cuando vinimos aquí, ¿dónde hay?, ´tá duro…”

Este caserío es pobre. Si la clase social se midiera solo por el nivel de acceso a energía, Carmelina representa la clase media alta: tiene un panel, cuatro bombillas y un generador comprados de su bolsillo. “Yo los compré porque no me gusta estar en lo oscuro, ya estaba acostumbrada a México”, dice. Dentro de su parcela están las viviendas de sus dos nueras. De un lado vive la nuera que a veces no tiene ni para candelas y del otro la que es maestra de párvulos y tiene un generador, dos focos y una televisión.

Apartándose del calor de mediodía, un niño llora incontenible bajo el patio techado de Carmelina. Se aferra a la falda de su mamá, Catarina Angélica Silvestre, la mujer que a veces no tiene para candelas. El niño de grandes ojos y panza inflada se llama Juan Carlos, tiene tres años y mucho miedo de que los recién llegados pretendan vacunarlo. Por eso llora. Suele estar en casa de su abuela. “Él no muy quiere estar en su casa, porque no hay luz”, explica Carmelina, mientras el niño no da tregua a su mamá, hasta que recibe una galleta de chocolate.

La mamá de Catarina Angélica Silvestre llegó embarazada a su nueva aldea. Catarina es la nuera de Carmelina, tiene 23 años y forma parte de la primera generación de niños que nació en Valle de la Esmeralda. De mirada triste, labios gruesos y redondos pómulos, cuenta que su esposo, hijo de Carmelina, está en el campo porque es diciembre, plena temporada de recolección de maíz y frijol. Ella lava ropa y barre casas para que les alcance. Pero no les alcanza. “No tengo luz, no tengo nada, en un día necesito como cinco candelas de a quetzal”, dice esta mujer a la que le gustaría tener un panel.

Catarina Angélica Silvestre pasa el tiempo en la casa de su suegra, Carmelina, porque ahí si tienen electricidad.

El Gobierno de Guatemala no hace mediciones a nivel aldea o caserío. Oficialmente, el país se explica a nivel municipal o nacional. Sin embargo, en 2016, había 110 familias en Valle de la Esperanza y 50 no tenían luz. Los datos salen de la única fuente hizo el cálculo en los departamentos con menor acceso eléctrico -que no fue el Ministerio de Energía-, si no una empresa local que vende paneles solares prepago llamada Kingo.

Kingo tomó el modelo telefonía celular. Pueden comprar por hora, día, semana y mes. Eso da libertad porque la mayoría trabaja por jornales”. Marcela Wever, coordinadora de desarrollo empresarial de Kingo

Para identificar potenciales clientes, Kingo primero identificó las zonas sin luz con imágenes satelitales del país y después, en cada comunidad que visitó, vio cuántos usaban indistintamente generador o panel, cuántos sólo candelas (esos son los 50 sin electricidad) y cuántos accedieron a pagar por sus paneles, que por un pago diario, semanal o mensual, les dan electricidad unas horas al día, si hay sol. Kingo vendió a 36 hogares de Valle de la Esmeralda su producto. Tres años después, el nivel de impago es casi inexistente. Los clientes del caserío pagan en nueve de cada diez casos, consumen unos Q11 (US$1.40) diarios y ahorran Q35 (US$4.50) mensuales en promedio frente a los que no pueden pagarlo, según sus cifras.

La disyuntiva del agua

En 2019, en el pueblo hay 146 familias, según el último censo del comité de vecinos. Todas sin agua potable ni electricidad municipal. Así sucede desde que llegaron a Valle de la Esmeralda. Lo que sí tuvieron desde el principio fue un método de organización adquirido de su experiencia como refugiados. Las mujeres -entre ellas, Carmelina- fundaron un molino de maíz comunitario. Estaba inspirado en el molino Ixmucané, la cooperativa femenina que crearon en Pico de Oro, en Chiapas. Cada vecino pagaba una cuota para pagar el diésel del molino, y la molienda era gratis. Calcula que ahora hay por lo menos cinco molinos con distintas propietarias, pero ella ya no muele porque le quita tiempo para su trabajo de comadrona.

A parte de la falta de agua potable y electricidad en Valle de la Esmeralda, sus terrenos para cosecha han sufrido prolongadas sequías que dificultan el crecimiento del maíz y del frijol.

La historia de este caserío es también la historia de un atraso tras otro en servicios básicos. En 2015, Valle de la Esmeralda tenía que tener agua potable. El año anterior, la Municipalidad de Dolores -a la que pertenece el caserío, a casi dos horas de distancia- aprobó destinar casi Q2,500,000 (US$325,500) a un sistema de potabilización que nunca terminó de construir. El dinero provenía íntegramente del impuesto de Fonpetrol, que es el ingreso de la producción petrolera a nivel nacional. Era un proyecto a un año, pero apenas se gastó solo el 35% del presupuesto asignado. Desde hace cuatro años, el proyecto quedó en un nivel de ejecución del 60%. Tras varios intentos fallidos de consultar a Marvin Cruz, alcalde de Dolores, no aceptó la entrevista. La explicación de por qué Valle de la Esmeralda no tiene ni luz ni agua es un enigma.

Ante la falta de respuesta institucional, hace años, algunos vecinos solucionaron el problema del agua. Buscaron un nacimiento, conectaron una tubería a un tanque e instalaron otra tubería para llevarla hacia las casas. Ante la disyuntiva económica de elegir entre luz o agua, Catarina, la mujer que necesita Q5 (US$0.60) diarios para velas, lo vio claro: con su marido pagaron Q1,500 (US$195) para tener agua potable.

Los paneles olvidados

Juan Carlos, el hijo de Catarina, empuja un caballlito de plástico cabalgado por una niña. Lo hace avanzar apenas un metro, pero el niño de panza inflada ya no llora. “Nene, tenés que venir pegando atráaaas”, le reclama su prima Eira Gómez, de ocho años. El acento de esta niña sin dientes incisivos y pelo revuelto en una cola se distingue nítido del de las adultas y del resto de primos que juegan en el patio de la abuela. La locuaz Eira habla perfecto español. Ríe desatada mientras explica qué es un panel solar. Sabe que a su pueblo aún no llegó el alumbrado público.

Juan Carlos, después de llorar, se entretiene con su prima Eira en el patio de casa de su abuela.

Tres de sus primos la miran. Afuera de la verja del patio, la calle principal de Valle de la Esmeralda carece de tránsito humano, de animales o vehículos pasado el mediodía. Su abuela Carmelina, que la mira sentada en su silla desde el patio techado, tiene la explicación: “Como está sola, bien comida come, pura leche toma”. Lo que quiere decir es que Eira está bien alimentada porque es hija única.

Eira Gómez estudia segundo de primaria. Es hija de una de las dos maestras de párvulos de la escuela preprimaria de Valle de la Esmeralda, la otra nuera de Carmelina, que tiene un generador y dos focos en casa. Sabe qué es un panel solar porque hay uno en su escuela. Al centro de educación primaria de Valle de la Esmeralda llegó en 2009 el proyecto regional Eurosolar, financiado por la Unión Europea, por el que municipios remotos de Guatemala recibieron un kit de cinco computadoras, un panel y una refrigeradora, además de otros aparatos para mejorar el acceso a la educación de los niños.

En el camino hacia la escuela, hay unos 40 postes de concreto para sostener los cables que llevarían electricidad a los hogares. Pero como no hay electricidad, solo adornan la calle principal de Valle de la Esmeralda. Desde afuera de la verja de la escuela, se mira el panel solar. Parece abandonado. Y las computadoras “parece” que están guardadas desde hace años. Así lo supone Jorge Fernando Lorenzo, maestro de la escuela, que explica que los teclados se echaron a perder.

Valle de la Esmeralda tiene la infraestructura necesaria para que llegue la electricidad.

Hoy es sábado y la escuela está cerrada. Lorenzo, un hombre grueso de cara regordeta, vive un par de cuadras detrás de la casa de doña Carmelina. Acaba de llegar en moto de su parcela, donde cultiva milpa, con sus jeans manchados de tierra. Se sienta en una silla del porche de su casa de concreto y saca los pies de sus chanclas. Hijo de peteneros refugiados en México, apenas tenía 18 años cuando empezó a dar clases sin haber empezado la formación en magisterio.

Sin mucho entusiasmo cuenta que gastó Q20,000 (US$2,604) para tener un panel grande en su casa hace quince años al que conectó su televisor, tres focos y el congelador. Pero elimina cualquier ápice de entusiasmo al hablar del panel en la escuela: hace años que sólo se usa para eventos grandes, como graduaciones anuales, y para dar luz a los focos de un aula, la de computación, que está en desuso porque las computadoras no funcionan. El panel no parece abandonado: el panel está abandonado.

La escuela presenta un serio deterioro y abandono, al igual que el equipo y los paneles solares instalados por el proyecto Eurosolar financiado por la Unión Europea.

Al poco expresivo maestro tampoco le estresa que la electricidad en su casa dependa de su panel. Intuye, como todos los vecinos, que la electrificación llegará a Valle de la Esmeralda algún día. Paciente -como Carmelina o como Catarina, la mujer de las candelas-, dice que le comentaron que la luz llegará este año 2019. Y evidencia el porqué de la paciencia colectiva o de la resignación a seguir en las tinieblas: “En parte está bien si viene la luz, pero en parte no por la inversión, no sé lo que me costará”. La pobreza, siente él, es incompatible con la luz.

Iluminación prepago

El proyecto de electrificación de Valle de la Esmeralda salió del comité vecinal, conocido como Consejo Comunitario de Desarrollo (Cocode). A través de la municipalidad de Dolores, entre abril y mayo de 2016 fueron instalados 45 postes y el cableado, que costaron un poco más de Q1,000,000 (casi US$130,000). Después, Energuate, la compañía privada de distribución eléctrica, nunca recibió ninguna solicitud, ni de la comunidad ni de la municipalidad, para proveer la electricidad.

El abandono eléctrico les deja en una posición parecida al primer día de 1995 en el que llegaron a Valle de la Esmeralda, cuando después de recibir su pedazo de tierra, la historia de Guatemala se olvidó de este caserío que representa uno de los mayores efectos de la guerra: el desarraigo.

Las oficinas de Kingo se encuentran en Ciudad de Guatemala, ahí se diseñan los equipos fotovoltaicos que se instalan en las comunidades.

Todos los vecinos de Valle de la Esmeralda son, pero no son de Valle de la Esmeralda. Y esa ambigua pertenencia se puede entender a través de Azucena Iztep. Lleva 23 años en Petén, pero es de Quiché. Media vida en un lugar al que nunca habría llegado si no hubiera sido por la guerra. Es una mujer de ojos apagadísimos en una cara redonda, que habla muy bajito, como acariciando las palabras. Tiene más de cuarenta años, está casada y tiene una tienda donde vende de todo, hasta unos paneles que funcionan como los celulares prepago. Iztep ofrece se servicio porque su hijo mayor, ingeniero, los vende en caseríos de Petén como el suyo.

Los paneles son de Kingo, una empresa guatemalteca que vende varios kit de servicio solar. En el caserío, el más usado da cinco horas de luz para tres focos y recarga de batería para un celular por Q110 (US$14) al mes. La gente puede comprar el servicio por hora, día, semana o mes, una libertad necesaria porque la mayoría en esta aldea trabaja por jornales. No hay tarifa inicial por costo de instalación y si al cliente se le arruina el panel, Kingo les lleva un repuesto.

Cuando venían los malos

Apostada en el mostrador de su tienda, Azucena Iztep parece indiferente a los treinta y tantos grados secos de las dos de la tarde. Habla tranquila sobre los paneles prepago, pero en el fondo, los traumas contenidos porque nadie antes le preguntó por su historia, le caen como bombas. Una pregunta sobre un lugar exige a veces una respuesta sobre otro. El caserío en el que Iztep vive desde hace 23 años le recuerda a la aldea de Chajul (Quiché) donde nació. Allí, su papá fue asesinado cuando ella tenía tres años.

Esa muerte, cuando la mamá de Azucena Iztep estaba embarazada de su hermana, les obligó a huir con su abuela a la montaña para vivir en una Comunidad de Población en Resistencia (CPR), aquellas aldeas nómadas perseguidas por el ejército porque las asociaba con la guerrilla, aunque eran población civil. “Un tiempo están aquí, queriendo hacer su champita [casita] la gente. Ya cuando oían que venían los malos, ‘vámonos”, recuerda que decía la gente. Tímida, prefiere esperar a que su marido agricultor llegue de cosechar para que hable él, pero acepta hacerlo ella.

Hablar de su pueblo de adopción es hablar de la CPR: “Nosotros crecimos en la pura montaña, no crecimos en lugares donde haya escuelas, nosotros no estudiamos”. Hablar de Valle de la Esmeralda es hacerlo del exilio que vivió por cuatro años trabajando como cocinera siendo una niña en una finca en Tapachula, en Chiapas, México. Pero más aún es hablar de un padre asesinado y de una abuela y una mamá que al acabar la guerra, eligieron quedarse en Quiché. Hace cuatro años habló, por primera vez, con su mamá con un celular. Tuvo que pedir prestado el aparato, porque Azucena aún no tenía uno. “Hace como dos años que la llamé por primera vez desde mi celular”, añade. Hablar de Valle de la Esmeralda, para Azucena, es hablar de los ausentes.

Azucena Itzep atiende en una de las pocas tiendas que hay en Valle de la Esmeralda, donde también vende las recargas prepago de Kingo.

Su marido es socio de la cooperativa, por eso tienen su terreno, donde tienen su casa y su tienda. Vende muy poco en su tienda, aunque está en la calle principal del pueblo, un poco más adelante de la casa de Carmelina. “A veces no vendemos más de Q50 (US$6.50) al día”, dice, sorbiéndose unas lágrimas que hablan de la historia de su vida. Tampoco saca gran cosa de su molino. Un molino comprado con un préstamo a un familiar que ni siquiera terminó de pagar.

La parsimoniosa Azucena Itzep tiene un generador que provee electricidad para el congelador y la refrigeradora de la tienda y un panel para seis focos en su casa. Pero ella tampoco sabe por qué hay una hilera de postes sin conectar a un lado de su tienda desde hace más de dos años. “¡Ay dios! La luz nos hace falta a todos, bastante. No sé por qué no están conectados, a veces entre nosotros los vecinos nos preguntamos por qué”. La electricidad no llega y, mientras, paciencia.

Las familias que viven en esta retirada comunidad tienen un pasado marcado por el Conflicto Armado Interno y la migración forzada.

Los habitantes, silenciados por el paso del tiempo, tienen muy presentes las ausencias que les dejó la guerra y el posconflicto. Todas las personas que hablan de Valle de la Esmeralda hablan de asesinatos, desapariciones, huida y exilio. Una conversación puede empezar por cuánto vende una tendera, por el trabajo de maestro o el servicio de comadrona, pero todos los que llegaron como refugiados tienen a sus muertos en la punta de la lengua. Para Valle de la Esmeralda, nunca hubo luz ni para el duelo.

Los movimientos del desarraigo

Estos son los lugares de origen, de refugio y de vivienda actual de las personas en esta historia.

Comunidad de refugiados:

Zamora Pico de Oro,

Marqués de Comillas, Chiapas

Lugar de origen de

Carmelina López:

Chiantla, Huehuetenango

Lugar de llegada

del avión:

Flores, Petén

Valle de

Esmeralda

Lugar de origen de

Azucena Iztep

Lugar de refugio de

Azucena Iztep :

Tapachula, Chiapas

Lugar de origen de

Santiago Ortiz

San Ildefonso Ixtahuacán,

Huehuetenango

El enojo de Santiago Ortiz es manifiesto a través del teléfono. Este vecino de Valle de la Esmeralda nació en San Ildefonso Ixtahuacán (Huehuetenango) y es presidente del Cocode, el comité vecinal. Llegó aquel 12 de julio de 1995, con los primeros retornados. Nunca ha tenido el teléfono directo del alcalde de Dolores, solo del asistente. En febrero de 2019, logró hablar por última vez con él para saber qué pasaba con la luz y el agua potable. En la visita a Valle de la Esmeralda, Ortiz estaba de viaje. Ahora, seis meses después, este agricultor recuerda por teléfono que el asistente le pidió más tiempo. Espera el agua potable desde hace cuatro años y la luz, desde hace dos. “El asistente dice que va a informar con el jefe y nunca dice”, cuenta este hombre de etnia mam.

“¿Dónde se fue el dinero?”, se pregunta el único vecino molesto al que conocimos.

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Centroamérica Desconectada es un proyecto periodístico elaborado por la productora El Intercambio y financiado por Hivos América Latina.

Los productos de este proyecto también han sido publicados en BBC Mundo y Plaza Pública.

Elsa Cabria

Periodista

Ximena Villagrán

Coordinadora y periodista de datos

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Fotoperiodista

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Editor

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Editor de vídeo

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