La desconexión eterna

UAXACTÚN

Por:

Elsa Cabria

Ximena Villagrán

Fotografía:

Oliver de Ros

Edición:

Ricardo Vaquerano

UAXACTÚN - EL INTERCAMBIO

Esta remota aldea en medio de la selva del Petén tiene unos mil habitantes condicionados a vivir sin electricidad ni telefonía. Aunque tienen dinero, paneles solares y generadores eléctricos, estar inmersos en la Reserva protegida de la Biósfera Maya los limita a vivir la energía racionada.

Esta remota aldea en medio de la selva del Petén tiene unos mil habitantes condicionados a vivir sin electricidad ni telefonía. Aunque tienen dinero, paneles solares y generadores eléctricos, estar inmersos en la Reserva protegida de la Biósfera Maya los limita a vivir la energía racionada.

De noche, la habilidad está en reconocer la sombra. En Uaxactún, Petén, una aldea donde jamás ha habido postes de luz ni de telefonía por prohibición estatal, los vecinos se reconocen por las siluetas y por su forma de caminar. Se conocen de siempre. Muchos son familia. En la oscuridad, solo los residentes que no son oriundos carecen de ese don. A Viviana Centeno, por ejemplo, tras siete años en el pueblo, le cuesta identificar una sombra.

Un mediodía de diciembre de 2018, la tormenta tropical arrecia mientras Viviana Centeno abre la puerta. Lleva shorts y el pelo recogido en un chongo, que le acentúa sus marcados pómulos. Tiene 23 años, es de Flores, cabecera de Petén, el departamento más grande de Guatemala, fronterizo con México. Vive en Uaxactún, una selvática aldea, dentro de una extensa área protegida llamada Reserva de la Biósfera Maya.

Cuando cae la noche en Uaxactun, solo algunos lugares mantienen su luz prendida o se oyen las radios de algunas casas. La energía es generada por las baterías de los paneles solares o por plantas de combustible.

La vida dentro de la reserva implica que ninguna aldea puede estar asfaltada. Los accesos son de obligatoria terracería. Tampoco pueden tener postes con cableado, ni para teléfono fijo o celular, ni para internet. Ni para tener luz en casa ni para alumbrado público. En Uaxactún hay tres teléfonos fijos satelitales para uso de la comunidad. Y la mayoría de vecinos tienen paneles solares que usan para ver televisión un par de horas al día. Muchos tienen generadores eléctricos de combustible que emplean para tener luz.

Aunque en la remota Uaxactún el celular es un aparato inservible, son numerosos los que no tienen carro, pero sí celular. Para tener señal -o para ver un poste-, deben recorrer 23 kilómetros. Agarran la única camioneta que llega diario a la aldea por el único camino de lodosa terracería, pasan por el parque nacional Tikal, y cruzan la garita de salida del parque arqueológico más famoso de Guatemala.

Viviana Centeno conoció en Flores a su pareja, un universitario de Uaxactún que rentaba un cuarto en la ciudad, y se mudó al pueblo de él tras graduarse como maestra de párvulos. No logró empleo en Uaxactún porque solo hay dos plazas para maestra de párvulos, y ambas están ya ocupadas. Tiene siete años de vivir feliz sin celular. Para tener electricidad depende del panel solar de su casa, que también es la de sus suegros, y de un generador.

Viviana no sabrá reconocer sombras, pero sí conoce una palabra técnica que todos los vecinos de Uaxactún usan: concesión. Por concesión forestal. Para entenderla, hay que regresar a 1999, cuando en la aldea crean la Organización de Manejo y Conservación (OMYC), en la que está representada la mayoría de aldeanos, que sirve para gestionar el pedazo de selva que les corresponde. Ese año también marcó la restricción de infraestructura que tienen en el caserío.

Viviana Centeno, en la entrada de la casa de sus suegros, donde vive. Aunque tiene un celular solo le sirve para jugar e iluminar. A Uaxactún no llega la señal para usarlo.

En enero de 2000, como compromiso de los Acuerdos de Paz tras 36 años de guerra, la OMYC recibió del Estado la concesión forestal por 25 años: una serie de derechos y deberes de explotación sobre 83,558 hectáreas de selva que autorizaban que los vecinos residieran dentro de la reserva protegida. Nadie en Uaxactún tiene documentos de propiedad. Si en seis años, fecha de la renegociación, no hay acuerdo sobre los términos en que puedan seguir habitando la reserva, un millar de personas se quedaría sin casa y sin empleo.

La economía del bosque permitió a la gente no solo sustituir las candelas en casas y en la escuela por paneles solares donados, sino también comprar generadores eléctricos. Pero a cambio de la concesión forestal, sus habitantes quedaron condenados a la desconexión de la red nacional de electricidad y a carecer de cualquier otro servicio que implique construir.

“Bajó la venta de candelas: antes de los paneles las vendíamos a Q1.5 y ahora, a 50 centavos”, dice Anger Adriel Fajardo, cuya nariz de esfinge egipcia es casi tan llamativa como su nombre. Anger, en inglés, significa enojo y este tendero de 24 años lo sabe. Nació en San Benito, cerca de Flores, pero creció en Uaxactún, y pasa los días apostado en la ventana de la tienda familiar.

Anger es bajito, de cuerpo estrecho y lentísima habla. Cuenta que le costó sacarse la primaria. Pero no por dinero. O lo hacía de día o usaba hasta tres candelas para las tareas. En su infancia ya había paneles solares, pero su familia economizaba su uso. Ni siquiera para ver la televisión. Ahora estudia perito contador los fines de semana en Flores, quedándose en un apartamento de su papá, donde tiene su computadora portátil. “Aquí no somos tan pobres, pero no somos tan ricos”, dice.

Aunque la mayoría de vecinos en la aldea tienen paneles solares o generadores de combustible, Anger dice que las candelas siempre se venden.

Hoy los vecinos viven de la cosecha del chicle, de la semilla de la pimienta, de la del árbol de ramón, de una planta ornamental llamada xate, y de la tala de maderas preciosas como el cedro o la caoba. Casi todos los jóvenes alcanzan la secundaria y muchos, como el marido de Viviana, van a Flores a la universidad.

Aviones como carros

Uaxactún es una antigua ciudad maya. Conserva parte de sus ruinas arqueológicas como reclamo turístico. Desde finales del siglo XIX y hasta mediados del siglo pasado fue un campamento de extracción de la resina del árbol chicozapote, más conocida como chicle. La comunidad actual, según recuerdan los lugareños, se fundó en 1909.

Como la frontera casi no tiene vigilancia, ya entonces llegaban muchos mexicanos a hacer la temporada del chicle. También guatemaltecos de otros departamentos. Por décadas, aterrizaron avionetas de Estados Unidos, principal importador del material. Los vecinos de más de sesenta años viajaron antes en avioneta que en carro, porque entonces no había carretera.

Para llegar hasta Uaxactún se debe atravesar un camino de terracería de 24 kilómetros en el parque arqueológico de Tikal.

“Dilataba todo el día cuando teníamos que ir en carro [hasta Flores]”, recuerda María Amparo Núñez, una mujer flaquísima de corto pelo colocho. Es la suegra de Viviana Centeno y viven en la misma casa. Núñez por años salió de la selva volando. En su infancia no había tienda en la aldea y el pasaje de avión a Flores costaba Q5 (US$0.06). “En los aviones dejaban espacio para víveres para la gente”, dice esta hija de chiclero mexicano, mientras su marido Élfido, cortador de xate, se sienta a su lado en su sala.

Élfido Aldana acaba de entrar por la puerta. Es un hombre de bigote fino, que parece una versión escuálida de Pepe Mujica, el expresidente de Uruguay. Afuera llovizna de nuevo. Aldana es el alcalde auxiliar de Uaxactún y viene de revisar una de las calles del pueblo. Como está prohibido asfaltar, los operarios solo remueven la tierra. “Me encontré a esta compañera y ella me conquistó”, dice, recordando su llegada a la aldea hace cincuenta años. Se mudó desde Izabal para talar árboles y recoger chicle. “La vida le mueve a uno igual que el agua a las piedras”, dice.

Maria Amparo Núñez nunca ha vivido en otro lugar y aunque disfruta ver la televisión por las noches le gustaría que no hubiera energía en el pueblo.

Sentados uno junto al otro, Élfido coquetea a María Amparo en broma mientras la lluvia amaina. Por el clima tropical de Uaxactún, y por su remota ubicación, el Ministerio de Energía donó 76 paneles solares para las viviendas en 1999. Fue justo el año de creación de la OMYC. Este matrimonio recibió su panel y, como la mayoría de familias, empezaron a usar esa energía para ver la televisión.

Pero hace años que nadie paga la cuota a la OMYC. El criterio general para dejar de pagar fue que era una donación. El dinero recaudado quedó en una cuenta a plazo fijo de la sociedad civil. Según Élfido Aldana, hay más de Q47,000, que calcula que puede servir para comprar sesenta repuestos de batería.

Su esposa María Amparo Núñez, que de niña salió volando de Uaxactún, extraña las noches con candelas. Antes, en la pista de aterrizaje -que es como la plaza del pueblo-, las mujeres jugaban tenta, ese juego infantil que consiste en perseguirse, y los hombres, a los naipes.

Muchas de las casas de Uaxactún son de barro y techo de paja, la mayoría con paneles solares o generadores de electricidad, aunque apenas puedan costear el combustible para generar electricidad o su mantenimiento.

En 2018, el gobierno de Guatemala priorizó a Uaxactún como destino turístico por primera vez. Élfido usa su patio como el área de camping de la aldea. Compró un generador de electricidad para iluminarlo. La mayoría de vecinos tienen generadores en sus casas. Y por un costo altísimo: más de Q20 (US$2.5) de combustible por aproximadamente cuatro horas de electricidad.

La gente de Uaxactún es celosa de su pedazo de selva. Es difícil que permitan que lleguen nuevos vecinos de otros lugares. Viviana Centeno lleva siete años en la aldea porque se casó con un local. Los vecinos son muy conscientes de que la concesión no es para siempre. Reconocen las sombras en las noches porque hay poca gente nueva, algún turista que llega a dormir al único hospedaje con camas, el modesto Hostal Chiclero, cuyo generador se apaga a las ocho.

Los pocos turistas que llegan comen en el restaurante del pueblo, el comedor Uaxactún, propiedad de Mirna España. Pero suele estar vacío. Un ejemplo de que casi todos son familia en Uaxactún: Mirna España es cuñada de la encargada de uno de los tres teléfonos satelitales del pueblo, también es cuñada del director de las dos escuelas, y es nuera de la fallecida fundadora de la secundaria.

Con apenas una bombilla para iluminar toda la cocina del comedor, Mirna España calienta tortillas en el horno de leña para los pocos clientes que acuden al lugar esa noche.

Computación sin internet

Parsimonioso, Anger Adriel Fajardo, el joven al que le costó sacarse la primaria porque necesitaba tres candelas cada noche, abre con cuidado la verja de la escuela secundaria, un edificio de dos pisos, rodeado de césped, al lado de la pista de aterrizaje. Bajo un cielo nublado de mediodía caluroso, explica que tiene llaves porque vive y tiene su tienda en la casa de al lado, donde ya casi no venden candelas. La escuela está cerrada porque los estudiantes están en las vacaciones de medio año.

Cuando su mamá no está -como hoy-, él es el encargado de cuidar la academia de computación de la escuela, en la que se sacó un diplomado en informática sin internet. El salón se ve abandonado. De las cinco computadoras, sólo dos funcionan. Hay que formatear las otras. “Pero sólo en inglés”, explica, como razón para el deterioro.

El abandono del centro de computación va un poco más allá del formateo pendiente. En 2007, Uaxactún fue uno de las 24 pueblos de Petén seleccionados en el programa Eurosolar de la Unión Europea para acceder al servicio de internet: la señal de internet, tres paneles solares y cinco computadoras para los alumnos de su escuela primaria.

Dentro de la donación también recibió una refrigeradora, un teléfono satelital, un purificador de agua y un panel para el personal médico del centro de salud. En 2009, cuando el proyecto echó a andar, en la aldea escalaron el modelo e implantaron el proyecto también en la secundaria. Además, convirtieron el espacio de computación en una academia para que los estudiantes como Anger se graduaran de técnicos en la materia.

El proyecto Eurosolar, de la Unión Europea, buscaba dar suministro eléctrico en aldeas alejadas de ocho países de Latinoamérica. A cambio de Eurosolar, desarrollado entre 2007 y 2015, las aldeas tenían que crear un comité para cuidar el equipo, dar buen uso y cobrar una cuota de mantenimiento. En la práctica, el mecanismo para financiar el mantenimiento apenas duró seis meses.

Cuando Eurosolar empezó a funcionar, la mamá de Anger, tesorera del comité Eurosolar, recolectó durante seis meses una cuota de Q100 (US$13) mensuales por familia de estudiante. Así compró repuestos y tres computadoras más, pero para ese momento algunas de las cinco originales ya no funcionaban. El sistema decayó rápido porque entonces los padres de los alumnos acordaron pagar sólo Q25 ($3). Así funciona Uaxactún en general: si la OMYC, -la asociación en la que está representada la mayoría de vecinos-, no está de acuerdo con algo, queda desechado.

Junto a una estructura deshecha utilizada para resguardar un monolito perteneciente a la antigua civilización maya, se encuentra el panel solar que da energía a la escuela.

En Guatemala, el Ministerio de Energía se encargó de coordinar todo. Pero el seguimiento no impidió que se robaran tres computadoras o que la refrigeradora del centro de salud acabara en la academia de computación para vender bolsas de agua fría. Tampoco que el purificador, que también tenía que estar en la clínica, esté hoy descompuesto junto a la refrigeradora.

A partir de 2013, al Ministerio de Educación le correspondió pagar el servicio de internet durante quince meses. A partir de 2015, el coste quedó en manos de los comités. En Uaxactún, la comunidad pagó internet solo por seis meses más porque el costo era muy alto. Por eso, cuando Anger estudió computación básica hace cuatro años, lo tuvo que hacer sin internet. Ahora, cada fin de semana, una maestra llega a la aldea -pagada por la OMYC- para dar clases de cómputo en la academia. Pero cualquiera puede llegar a usar una de las tres computadoras si paga Q5 (US$0.60), a pesar de que es ilegal comercializar un equipo instalado en un espacio público.

Agua para Eurosolar

En un costado de la pista de aterrizaje, los grillos cantan muy fuerte porque a las siete de la noche es noche cerrada. Pero el sonido de los insectos queda aplacado por la grabación de la alborotada alabanza de un pastor evangélico. En la calle paralela al templo, antes de sentarse a su mesa de comedor, Erwin Max Peralta golpea con un bastón el foco del techo dos veces para encenderlo, como una maña aprendida. Peralta es presidente del comité vecinal, más conocido como Consejo Comunitario de Desarrollo (Cocode).

Arruga su nariz y se sienta a su mesa de mantel granate, cuyo color cuesta distinguir en la oscuridad. “No es un cobro, es un apoyo, no se puede lucrar con el equipo”, justifica sobre el pago de la clase de computación, en medio de la penumbra de su casa. Peralta, al que todos conocen como Chomo, es un líder comunitario, defensor absoluto de la adaptación local de Eurosolar. “Empezamos a vender agua purificada y eso ha ido manteniendo el proyecto. Y ya estamos viendo resultados: hay unos veinte alumnos y pagamos Q1,500 a la maestra”.

En un autocrítico informe de cierre de proyecto en 2015, Claudia Barillas, oficial de programa en Guatemala para la Unión Europea, cuestionó su proyecto. En el resto del país, hubo casos de éxito, como una escuela privada que replicó el modelo Eurosolar. Pero narra cómo Uaxactún no fue un caso aislado. Otras aldeas usaron la refrigeradora para vender helados o el centro de cómputo como café internet. Y hubo tantos robos de equipo, que un presidente de comité llegó a recurrir a un adivino para buscar. En varios casos, los centros permanecen cerrados y no hay cuota para el mantenimiento de las baterías de los paneles ni del resto del equipo.

Erwin Max Peralta es el presidente del COCODE, aunque sus ingresos principales provienen de una modesta tienda en su casa.

Consultada por teléfono cuatro años después, Barillas mantiene su autocrítica: “Fue un proyecto regional hecho desde Bruselas [sede de la Unión Europea], pero funciona mejor cuando es un proyecto específico, para identificar los problemas”. Para no repetir errores, la solución que encuentra pasa por diseñar proyectos basándose en políticas públicas existentes. “Para saber si a la aldea le interesa la energía o si primero necesita comer”, cuestiona esta funcionaria, que cree que el gobierno debería pagar el internet y no las comunidades.

La idea, después de siete años de trabajo, era que las comunidades financiaran el proyecto por su cuenta, pero en muchos casos no fue así. “En Eurosolar perdimos parcialmente, porque qué opciones tienen en Uaxactún si nunca van a tener electricidad”.

Dentro de la escuela de Uaxactún se almacenan las baterías que están conectadas al panel solar. Sus instrucciones de funcionamiento están en q’eqchi’.

En Uaxactún podría aplicar esa frase que decía Anger Adriel Fajardo, el que de niño gastaba tres candelas para estudiar en las noches: no son tan pobres, ni tampoco son tan ricos.

El teléfono comunitario

Un intenso pitido hace el teléfono satelital en la casa de Daniela Quixán. Aturde. Hoy es uno de los días en que no funciona. Cuando está nublado, el panel no genera tanta energía como para dar energía al aparato. Tras la ventana, en la pista de aterrizaje, pastan caballos, gallinas y cerdos. A las diez de la mañana, una moto con tres personas encima cruza por delante del ventanal de Daniela, la hermana del director de las escuelas. El de la casa de Daniela es el único teléfono satelital propiedad de una familia en Uaxactún. Hay otros dos, pero están en la oficina de la OMYC, del otro lado de la pista. “Pero el nuestro igual es comunitario”, dice esta estudiante de profesorado en enseñanza media de 28 años, mientras muestra el cuaderno escrito a mano de llamadas. Las entrantes cuestan Q1 el minuto y las salientes, Q2.

Daniela Quixán revisa el listado donde están anotadas las llamadas entrantes y salientes de los vecinos de Uaxactún que utilizan el servicio de teléfono satelital.

En Uaxactún hay muchos maestros y muchos recuerdos. Casi todos los vecinos tienen una forma romántica de hablar de su aldea. Rodeada de todos los títulos de magisterio de su familia en las paredes, Daniela Quixán evoca el tiempo en el que pasaba las horas del otro lado de la ventana: “Las mujeres jugábamos tenta a oscuras, era muy bonito cuando había luna llena”.

Hoy las niñas -dicen los vecinos- salen poco. Ven la televisión. Los jóvenes varones, como Anger -vecino de enfrente de Daniela- juegan aún a los naipes. Hacen apuestas de Q0.25.

La mamá de Daniela fue la directora de la escuela primaria durante 35 años. Hoy su hermano Víctor Emilio es el director de las dos escuelas, la primaria y la secundaria. Víctor Emilio Quixán, de 42 años, representa el impacto de las concesiones en su aldea: estudió magisterio en Flores, hizo una licenciatura en educación ambiental en La Habana y una maestría en Ciudad de Guatemala.

Unos niños juegan cerca del aserradero de Uaxactún, donde se trabajan las maderas preciosas para hacer muebles, junto a un enchufe en el que no hay electricidad.

Vestido de pants, sentado en una estrecha varanda en la pista de aterrizaje, frente a la secundaria, dice que regresó por la vida saludable, por poder interactuar -y usa ese verbo- con la selva. Entre las dos escuelas, tiene a más de 250 niños a su cargo. “Normalmente, aquí estudian hasta diversificado”, afirma este profesor que opina por qué Eurosolar no funcionó, aunque existiera un comité: “El servicio de internet era muy costoso”, dice sobre los Q100 ($13) que tuvo que pagar cada familia durante seis meses.

La economía de la selva

A finales de los noventa, las concesiones en Uaxactún significaron un sustento económico a cambio de un manejo controlado del bosque para detener la enorme deforestación de la Reserva de la Biósfera Maya, que hoy es el área protegida más grande de Centroamérica. Una deforestación que provenía del enorme descontrol que había en la tala de árboles y en el corte de plantas autóctonas porque vivían más de cien mil personas en ella.

La Reserva quedó dividida en tres áreas: zona núcleo (35% de la reserva), donde queda Tikal; zona de amortiguamiento (24%), donde se permite la agricultura, y la Zona de Uso Múltiple (40%), donde viven los concesionarios, como la gente de Uaxactún, y donde pueden hacer actividades de bajo impacto, como tener un aserradero y carpinterías. El Estado condicionó la vida de Uaxactún, pero el aumento de poder adquisitivo fue efecto de las concesiones. Sin embargo, la comunidad -representada en la OMYC- tiene su criterio para definir qué, cuándo y por cuánto tiempo es importante.

En la carpintería de Uaxactún, uno de los pocos negocios viables, se trabajan maderas preciosas cortadas bajo regulación del Consejo Nacional de Áreas Protegidas (CONAP) donde se hacen muebles bajo encargo para todo el país.

La economía de la selva creó una generación de profesionales, pero para Élfido Aldana, alcalde auxiliar y suegro de Viviana Centeno -la mujer que no reconoce sombras en la oscuridad-, hay un doble filo en esta idea de aparente porvenir: “Hay más gente que se ha recibido [graduado] y tiene empleo, pero si se van, habrá menos población y menos impacto para lograr una nueva concesión”, advierte el hombre que sí reconoce a la gente por “el caminado”.

“No hay escapatoria, no hay escapatoria, no hay escapatoria. Yo no estoy para espantarte, no estoy para esooooo…”. Esta frase es parte de la grabación que, cada noche, procede de la iglesia evangélica, a un costado de la pista de aterrizaje. El pastor deja encendida la luz de su templo, como si tratara de llamar a los fieles, aunque él no está. El sonido de la alabanza suena altísimo en la pista y en las casas aledañas.

A Anger Adriel Fajardo, católico devoto, que tiene a sus “santitos” en el cuarto, es esa comunidad religiosa la única que le hace doblar la trompa. “El evangélico alborota y Dios no es sordo”, dice a la mañana siguiente de la grabación en la que el pastor dice que no hay escapatoria. Pero Anger, que camina para su iglesia, no cae en la cuenta de que la electricidad que tanto dice que le cambió la vida para bien, es la misma que enciende el equipo de sonido del pastor alborotador.

Xeputul 2

Chel

Valle de la esmeralda

Centroamérica Desconectada es un proyecto periodístico elaborado por la productora El Intercambio y financiado por Hivos América Latina.

Los productos de este proyecto también han sido publicados en BBC Mundo y Plaza Pública.

Elsa Cabria

Periodista

Ximena Villagrán

Coordinadora y periodista de datos

Oliver de Ros

Fotoperiodista

Ricardo Vaquerano

Editor

Gerardo del Valle

Editor de vídeo

Cristina Algarra

Productora de exposición

Alba Fernández

Diseñadora UI/UX
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Ángel Pérez Pedrosa

Front-end Developer

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Hardware y Software de exposición