Los
presos
de la caridad

El Estado hondureño delega en oenegés la compra de comida, muebles, medicamentos y el mantenimiento del sector de la prisión donde viven 51 niños junto a sus madres presas.

Reportaje Completo

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Las cárceles de Honduras en cifras

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1 de cada 500 hondureños está en la cárcel.

6 de cada 100 personas presas es una mujer.

Existen 30 cárceles para hombres, 25 de ellas tienen un sobrepoblación de
entre el 660% y el 110%.

Actualmente 1021 mujeres están encarceladas.
De cada 10 de estas mujeres 7 no han sido condenadas.

Junto a estas mujeres viven 51 niños entre 0 y 4 años que nacieron mientras sus madres estaban presas o tenían menos de 4 años cuando ellas entraron en la cárcel.

La abuela que traía los pañales

La manutención de los bebés en la cárcel recae en las familias que están afuera.

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El nieto de doña Rita, de quince meses, lleva preso desde que nació. Su mamá lo tuvo en un hospital, pero el mismo día regresó a prisión con el bebé. Una playera rosa con un 18 impreso cuelga encima de la cama que comparte con ella, en una de las habitaciones de la prisión: el recinto materno infantil de la Penitenciaría Nacional Femenina de Honduras. Debajo de la playera hay fotos del niño y de su hermano de siete años rodeando un corazón rojo de papel. El bebé luce bien, pese a que la policía golpeó con un tubo las piernas, la cabeza y la panza de su mamá cuando él estaba adentro.

El día que detuvieron a Ritza, su mamá, el bebé era un feto de siete meses dentro del útero. Entonces fue bateado con el tubo. Ahora convive en la habitación con otras cinco madres y sus niños. Puede salir del área materno infantil con su mamá de cinco de la mañana a cuatro de la tarde, cuando las custodias cierran las puertas, pero pasa en su cuarto la mayor parte de sus horas. El ocio penitenciario es exactamente esto: su mamá no tiene más que hacer y tampoco él.
Es un sábado de julio. El nieto de doña Rita hoy va a salir dos semanas. Los niños que viven con sus mamás encarceladas tienen derecho a salir con su familia. Doña Rita dice que no lo saca desde hace dos meses. “Todo lo que es de una ciudad es nuevo para él”, de espaldas a la cámara para no enseñar su cara.

Hoy lo pondrá en la ventana del bus que les lleva a su casa a dos horas de distancia de la prisión. ”Observa bastante… Sí se le nota algo de cambio a él [cuando sale]”.

A las ocho de la mañana, el sol aplasta las cabezas de los familiares de las presas que avanzan lentos en una fila para ingresar a la Penitenciaría Femenina de Adaptación Social (PNFAS), en Támara, a cuarenta minutos en carro de Tegucigalpa, en un día de visita. Este es el único centro penal de Honduras exclusivo para mujeres y donde viven niños hasta la edad que la legislación lo permite: cuatro años.

Estos niños nacen con una condena: sus madres están presas en Honduras. Tienen el derecho a la alimentación condicionado porque dependen de la buena voluntad de unas pocas organizaciones, que subsisten, a veces, de fondos internacionales. Históricamente, el Gobierno no ha dado presupuesto para comprar comida, cunas, camas o pañales. Como sus mamás no tienen empleo y no hay una guardería, el único beneficio que tienen los niños que crecen en la Penitenciaría es la compañía permanente de sus madres.

Los menores viviendo en cárceles de Honduras se multiplican en una década

Evolución del número de menores residentes con madres reclusas en cárceles de Honduras entre 2007 y 2017

Fuente: Instituto Nacional Penitenciario de Honduras

Además de su bolso y una bolsa de deporte, doña Rita carga un paquete de pañales y tres bolsas con leche, pañales, toallas húmedas, compota, papas y huevos. “Todo lo necesario para un bebé”, dice ante el silencio observador de su hija pequeña, que esta mañana la acompaña en la visita.

La tímida doña Rita lleva todo lo necesario para un bebé porque el Instituto Nacional Penitenciario (INP) no se hace cargo de la alimentación, vestuario, pañales y medicamentos de los hijos de las mujeres que llegan embarazadas o que se quedan embarazadas en prisión. El Estado sólo ofrece a los niños el encarcelamiento.

Los pañales que Doña Rita le lleva a su nieto cada 15 días.
Los pañales que Doña Rita le lleva a su nieto cada 15 días.

PNFAS tiene una sector para las madres y los niños, llamado Casa Cuna, pero la manutención de los menores es un asunto de disposición: son las familias las que apoyan, las oenegés o son las iglesias. Doña Rita gasta unos 160 dólares (2,500 lempiras) mensuales en el niño.

En Honduras no había un reglamento de visitas hasta 2016. Ahora un visitante tiene que acreditar que es familiar o que tiene un vínculo cercano y avisar con cinco días de antelación, para después presentar un montón de papeleo, incluyendo tres fotos y antecedentes penales. Solo después recibirán un un carnet de visita que tiene vigencia de seis meses. Según el reglamento, está prohibido, además de llevar llaves, monedas, teléfonos o gorras, que la visita use colores naranja, verde o gris, porque son los colores de los presos que cumplen pena mínima, media y máxima, respectivamente.

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En el alboroto de la sala de visitas, donde la mayoría de visitantes son mujeres, la familia de Rita está sentada en una mesa, que pagan por usar, alrededor del niño. Ritza, la hija de doña Rita, la presa, la madre del pequeño que hoy sale de visita, mira con desconfianza.

Solo funcionan cuatro de nueve ventiladores. El griterío dificulta hablar con Ritza, más aún escucharla, y toca acercarse a su oído en la sala de visitas, una amplia bodega industrial de paredes verde menta, a la que se accede por una estrecha puerta negra custodiada por una guardia que prohíbe el acceso con ropa negra o blanca porque son los colores que llevan las presas en día de visita. La nave, separada por un patio con dos subibaja abandonados, queda enfrente del sector donde viven las mujeres de la pandilla Barrio 18.

Desde 2014 por una medida del presidente Juan Orlando Hernández todos los exteriores de las prisiones hondureñas son vigilados por militares.
Desde 2014 por una medida del presidente Juan Orlando Hernández todos los exteriores de las prisiones hondureñas son vigilados por militares.

Detrás de la mesa de Ritza, la madre del niño de quince meses que lleva presa desde febrero de 2016, hay puestos de peluquería, de licuados, de manicura y de bordados, que apenas reciben clientes. Ella es una veinteañera con un fino piercing plateado sobre sus labios gruesos, con grandes ojos retadores. Mira al piso de baldosas rojas y blancas. Dice que está encarcelada por asociación ilícita, portación de armas y de drogas.

El hijo mayor de Ritza tiene siete años y vive con su papá. Cada hijo es de padre distinto. Pero con el padre del bebé no tiene relación. Aunque venía a visitarla, ella no quería nada con él desde que estaba que estaba embarazada y le dijo que no regresara. El niño mayor visitó a su mamá, pero nunca se enteró que había estado en una cárcel. “Él me cuenta que le han dicho que ella trabaja aquí”, dice doña Rita.

Ritza cuenta que la agarraron con cuatro “amigos” de la pandilla Barrio 18 en una casa. La distante Ritza no dice que sea pandillera, ni abunda en qué pasó para que la detuvieran. Tampoco es cínica: “Sabiendo en lo que uno anda, uno sabe lo que le espera”.

El Barrio 18 es, junto con la Mara Salvatrucha, una de las pandillas más grandes, sanguinarias y temidas de Centroamérica y a la que el todavía presidente hondureño Juan Orlando Hernández, ha calificado como una de las mayores amenazas del país. El mismo presidente que, en su intento de reelección y al no aceptar los resultados electorales, canceló las garantías constitucionales y decretó toque de queda, dejando el control en manos del ejército.

La pared que decora la cama del nieto de doña Rita.
La pared que decora la cama del nieto de doña Rita.

El Instituto Nacional Penitenciario ha restringido el acceso de medios de comunicación a cárceles. Esta mañana es el comisionado del Comité Nacional de Prevención contra la Tortura (Conaprev), un organismo autónomo estatal que verifica la situación en las cárceles, quien acompaña a los periodistas. Es una visita de dos horas exclusivamente al área de Casa Cuna, dentro de la prisión, tras la negativa del Instituto Penitenciario a conceder el ingreso.

La mayoría de las madres en PNFAS nunca reciben visita familiar o de amigos. Para mantener a sus hijos, dependen de lo que les den otros. Ritza y su hijo son una rareza: nunca le ha puesto pañales de tela; siempre desechables. Ella tiene dinero para pagar sus aseos, la limpieza de su espacio. Sabe que en Casa Cuna reciben donaciones que les permiten vestir, alimentar y dar medicamentos a sus hijos. A ella le ayuda su madre, llevando alimentos y productos para el bebé, pero vive a dos horas y no puede ir cada semana a verla. “Nosotras comemos por el proyecto, no por el Estado”, dice firme.

En el pasillo de entrada del área materna hay un pequeño patio de juegos.
En el pasillo de entrada del área materna hay un pequeño patio de juegos.

Con el proyecto se refiere al apoyo de la oenegé hondureña Andar, que con un proyecto de 19 meses en Casa Cuna, ha sido la principal donante de alimentos, como leche, sopas, carne y verduras, para los niños, además de pañales, cunas, trabajo de estimulación temprana y asesoría legal.

También es relevante la oenegé italiana Dokita que remodeló la Casa Cuna con fondos de la Unión Europea entre 2011 y 2014. Entonces todavía funcionaba la guardería, y compró estufas, microondas, camas, colchones, cunas, inodoros, duchas, botiquines y arregló el sistema eléctrico. En 2016 entró Cáritas en su lugar, reemplazando las camas, cunas, microondas y botiquines.

A veces, la Conaprev recibe pañales y ropa de oenegés para los niños. El Estado limita sus funciones en relación a los niños presos: da el espacio, paga la doctora del centro y envía a los niños al hospital si tienen alguna enfermedad que ella no pueda atender. Pero hasta ahí.

Respuesta del Instituto Nacional Penitenciario donde admite no tener presupuesto para atender el área infantil de PNFAS.
Respuesta del Instituto Nacional Penitenciario donde admite no tener presupuesto para atender el área infantil de PNFAS.

Las carencias básicas

Los niños presos no son, oficialmente, presos y por eso el Estado no les brinda ninguna atención.

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Un patio central con ropa de bebé colgada de lazos domina la Casa Cuna de PNFAS. Orle Solís, comisionado del Conaprev, defiende el trabajo con los niños del Instituto Nacional Penitenciario, pero sus relaciones con la actual Dirección General de Centros Penales no son tan fluidas, así que manda llamar a Iris Mendoza, presa desde 2003 por secuestro y responsable de Casa Cuna, para hacer una visita a paso acelerado, aprovechando que hoy no está la directora del penal.

Mendoza, una mujer de presencia imponente, vestida con pants y una sudadera de Bob Marley, se recoloca sus grandes rizos morenos teñidos de rubio y observa desde un rostro absolutamente cubierto de maquillaje para saludar y demandar: “No hay leche. El Estado no nos da leche”.

Y el comisionado, que lleva en el cargo desde 2014, vestido de traje y bastante agobiado con el tiempo disponible, confirma que el Estado no da leche a los bebés y añade que la ropa y los pañales, por lo general, lo proveen las familias de las internas.

Hubo un tiempo en el que el módulo de cocina estaba en ruinas, pero la oenegé Dokita se encargó de arreglarlo. Tres mujeres acaban de limpiar la cocina, un espacio oscuro y casi vacío de muebles. Huele muy bien, a detergente. Cada día, una madre se encarga de cocinar.

PNFAS está dividido en ocho sectores y Casa Cuna que está acondicionado para 20 madres y 20 niños en total. Tiene una sala de juegos para los niños, pero es un espacio de usos múltiples. Este día hay 50 mamás y 49 niños. Las últimas cifras del Instituto Nacional Penitenciario señalan que ya son 51 bebés, porque algunas mujeres estaban embarazadas en el momento del conteo.

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Los dormitorios parecen habitaciones de campamento, pero sin literas, saturados de sábanas con dibujos de series infantiles y fotos familiares en las paredes.

La Conaprev puede visitar los 27 centros penitenciarios del país, pero sus recomendaciones sobre derechos humanos en prisiones no son vinculantes. Incluso visita las nuevas cárceles de máxima seguridad, creadas en el contexto de aplicación de mano durísima del todavía presidente de Honduras, Juan Orlando Hernández. Las dos primeras de este tipo, El Pozo y La Tolva, limitan al máximo las libertades de los reos, pandilleros del Barrio 18 y de la Mara Salvatrucha (MS). Éstas, como todas las demás desde que llegó Hernández al poder en 2014, están custodiadas por el Ejército. Y, aunque PNFAS no tiene categoría de máxima seguridad y el acceso tradicionalmente ha sido fácil, ahora está muy restringido a medios.

Antes de Solís fue Odalis Nájera la comisionada de la Conaprev durante cuatro años. Esta abogada especializada en derechos humanos, con una retórica marcadamente social, cree que PNFAS es la cárcel que goza de mejores condiciones, pero dice que los niños que viven dentro no son prioridad estatal.

Con el actual gobierno, el Estado pasó a invertir de 13 a 30 lempiras (55 centavos de dólar a 1.27) por almuerzo de cada presa, pero el Instituto Penitenciario no tiene una partida presupuestaria para la alimentación de los niños. En una ocasión, cuatro mamás requerían leche deslactosada para sus bebés y solo la obtuvieron mediante donación.

La cárcel tiene un servicio de comida, conocido como rancho: frijoles, tortillas, salchichas, plátano, mortadela, huevo, queso, pollo y spaguetti. El centro no da un menú balanceado ni para mamás ni para niños. Esos platos son para un adulto solo. Pero siempre, o casi siempre, cuando no hay una donación, ese rancho tiene que alcanzar para dos. Los bebés comen muchos días rancho. Algunas embarazadas están desnutridas. Y sus fetos, también. Hay dos niños con peso bajo. Es decir, están mal alimentados.

Las madres no se despegan de los niños. Los niños no se despegan de sus madres. Por necesidad. No tienen una guardería donde dejarlos y, hasta abril de 2017, no tenían un pediatra asignado. Y llegó con condiciones: tres veces por semana para atender, máximo, a seis niños al día. Sin cita, no hay urgencia que valga y aunque sea necesario tampoco tendrán medicamentos.

La cocina de PNFAS no tiene utensilios, han recibido donaciones de ollas y sartenes pero cada mujer tiene que conseguir sus propias herramientas.
La cocina de PNFAS no tiene utensilios, han recibido donaciones de ollas y sartenes pero cada mujer tiene que conseguir sus propias herramientas.

Los hijos de las cobradoras

La extorsión ha provocado un aumento en la cantidad de mujeres presas.

Iris Mendoza lleva ocho años al cargo de Casa Cuna, que anteriormente estaba ubicada en el sector 5, un espacio más pequeño que el actual. Esta madre de cuatro, de los que dos nacieron en prisión, no tiene un cargo oficioso, pero es la jefa acá. Dice que las coordinadoras de sectores son “como la célula de la directora dentro del penal”. En 2009, cuando empezó en Casa Cuna, había siete mujeres con bebés porque el juez tenía -y tiene- la potestad de enviar a las mujeres embarazadas bajo arresto domiciliario.

En 2012 entró en vigencia una modificación al código penal que aumentó de tres años a 15 la pena por extorsión. Este cambio evitó que el delito pudiera pagarse con una fianza, la única opción es ir a la cárcel. Y ningún juez se atreve a darle arresto domiciliario a una mujer acusada de extorsión.

Así es como las mujeres que no han sido condenadas llenan las cárceles de Honduras

Evolución del número de mujeres recluidas en cárceles de Honduras entre 2007 y 2017

Condena en firme y en prisión preventiva

Fuente: Instituto Nacional Penitenciario de Honduras

Las mujeres cumplen un papel importante en las extorsiones. Las pandillas suelen utilizarlas, en muchos casos también amenazadas, para que sean ellas quienes se encarguen de cobrar el dinero y por eso son capturadas. Antes del cambio en el código penal, solo había 5 mujeres presas por extorsión en PNFAS. A finales de 2016 ya eran 99. Es decir, dos de cada diez internas están ahí por este delito.

Las mujeres capturadas por extorsión aumentan cada año

Evolución del número de mujeres recluidas en PNFAS entre 2007 y 2017, según el delito cometido

Todos los delitos y encarceladas por extorsión

Fuente: Instituto Nacional Penitenciario de Honduras

La escalada en la cantidad de menores fue relevante también: aumentaron un 84% en la última década. Aunque esto no se puede relacionar directamente con el aumento de mujeres presas por extorsión, sí se relaciona con el aumento de la población en PNFAS, que subió más del 156% en el mismo período.

Una mujer, con playera malva de tirantes, escucha hablar al funcionario Orle Solís y se acerca a él, mientras acuna a Edlin, su bebé de un mes:

-Disculpe, no pude reconocer a mi hijo porque nació un viernes.

-Entonces, vamos a hablar.”

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Cuatro mujeres del Barrio 18 tienen su propio cuarto. La exigencia de Iris Mendoza cuando llegaron fue que no pelearan entre sí. Todas las madres acataron la orden menos las embarazadas. Así que para evitar conflicto las 18 simplemente no pasan por delante del cuarto de las embarazadas, donde están las dos MS, ubicado al final del pasillo, muy cerca de la cocina. Porque el peso de los conflictos es real en Casa Cuna. Dos mujeres pelearon y tras una fuerte golpiza, una esperó a la otra en el baño y le tiró agua hirviendo. A ambas les quitaron sus niños, dice la coordinadora.

Muchos niños no están apuntados en el Registro Nacional de las Personas. El registro oficial de los 51 niños que viven en la cárcel, y los que están por nacer. Para julio, la Conaprev había ayudado con los trámites de catorce niños nacidos recientemente. El comisionado pide a Iris Mendoza que apunte los nombres de los pendientes de inscribir. La falta de registro tiene una consecuencia práctica: el sistema carcelario hondureño no sabe quiénes son los niños que viven con sus madres.

Aquí todas las madres conviven, aunque no les guste la idea. En mayo de 2017, 77 mujeres pandilleras del Barrio 18 y de la MS fueron trasladadas desde el penal de San Pedro Sula hacia PNFAS, y algunas de ellas estaban embarazadas. En la anterior prisión, vivían en sus respectivos sectores, pero llegaron a encontrarse en el área de maternidad. Tres de la MS tienen bebés y comparten habitación, un opresivo espacio en el que duermen con otras mujeres salvatruchas sin hijos, decorado con móviles elaborados por ellas.

-Hola, yo me acuerdo de usted de San Pedro.

Al fondo de la estrecha habitación, una mujer de la MS tumbada en su cama con su bebé mira desconcertada al comisionado de la Conaprev. Él dice que la vio el penal de San Pedro un mes antes de su traslado. Ella no lo vio.

-Estaba, pero llenito. Aquello sí que estaba hacinado, insiste el comisionado.

-Creo que se ha equivocado de persona, responde la mamá de la MS.

No todas las MS duermen juntas. Dos que llegaron trasladadas a la prisión estaban embarazadas y fueron acomodadas en una habitación recién creada con otras mujeres que no pertenecen a ninguna pandilla. Una de las recién llegadas se queja de que en su cuarto, a diferencia de los demás, no tienen televisión. Ni ventilador. El comisionado le pregunta el apodo para que quede en su acta de peticiones. Tremenda, le dice. “No creo que se le vaya a olvidar”, responde entre risas.

Las mujeres embarazadas también comparten el espacio de Casa Cuna.
Las mujeres embarazadas también comparten el espacio de Casa Cuna.

Amor no entendiste mi vida ya lo sé. Mi amor no te interesa. El vallenato Cómo te olvido, de Binomio de oro, suena a todo volúmen y marca el ritmo a la mitad de la visita. Qué hora tenemos, pregunta apurado el comisionado. Sabe que hoy la directora de la prisión no está. Y cuenta con ello para estar en la cárcel: “Avancemos, tratemos de terminar ya”.

Han pasado cuatro días desde la primera plática con Ritza, la mujer que tiene una playera con un 18 sobre su cama, la hija de doña Rita. Ahora, agarra del brazo para saludar. Es una mujer que, de segundas, elige la proximidad. Pero la prisa de la situación impide la plática distendida.

Pero la violencia en Casa Cuna a veces viene de fuera. Las recién llegadas pandilleras de la MS cuentan en su reducida habitación cómo tuvieron que tapar una ventana para evitar el gas lacrimógeno. Cada vez que los guardias entran a hacer redadas en el centro de rehabilitación de menores Renaciendo, que da pared con pared con ese lado de Casa Cuna, sueltan el gas que se esparce sin distinciones. “La última vez, mi bebé se quedó morada, casi se ahogó”, cuenta una pandillera, de nombre Suzette, cuya hija se llama Leila.

A veces, hay peleas en el área materno infantil. Una mamá puede llegar a sacar su arma, dice Ritza, y la Dirección de Niñez y Adolescencia (Dinaf) se lleva a los niños a un hogar si el asunto llega a mayores. Cuatro días antes, en la sala de visitas, Ritza señala al fondo de la ruidosa bodega en dirección a una mujer con trenzas. A ella le quitaron a su hija por una pelea fuerte. “Por eso yo prefiero cuidarlo a él”, dice esta mamá que, como muchísimas, no se separa de su hijo ni un metro.

Cuatro mujeres para un preso

La mayoría de mujeres no recibe visita conyugal.

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Kenneth Salazar agarra un crayón azul y se pone a rayar un papel. Tiene dos años y medio, es rubio, enorme para su edad, tanto que pareciera que tiene el doble de años. Pero habla como uno de dos. Y no se queda quieto. Fue concebido en una visita de su mamá, Iris Mendoza, a su padre, Roberto, en el centro penitenciario nacional de Támara, el más grande del país y del que en 2017 sacaron a más de 1,300 pandilleros para llevarlos a los nuevos penales de máxima seguridad.

En esta cárcel sólo llegan mujeres embarazadas. Kenneth es una excepción. Es el segundo hijo de Mendoza en prisión. El primero fue Roberto, hace ocho años. Para evitar que las mujeres se embaracen, el sistema penitenciario entrega condones, inyecciones, pastillas u ofrecen una operación para amarrarse las trompas o directamente para quitarse la matriz. A modo absoluto de excepción, Mendoza acordó dos veces con la doctora de PNFAS que haría visitas conyugales sin método anticonceptivo, de forma que cuando iba a salir Roberto, quedó embarazada de Kenneth. Alejada de los dos hijos que tenía fuera, la compañía permanente de sus hijos dentro fue su salvación, dice esta lideresa, contra la marihuana y el alcohol que empezó a consumir en prisión. Porque hoy no podría tener hijos: “No hay visitas conyugales para mujeres, se perdió el derecho”, dice Mendoza.

Iris explica cómo tomó la decisión de tener dos hijos dentro de la cárcel. 

Hasta que entró en vigor el primer reglamento de visitas a cárceles en 2016, hubo casos de hombres presos que recibían hasta cuatro visitas conyugales al tiempo porque no había ningún tipo de reglamentación. Ahora, el Estado pide que esté documentado el hijo en común, el matrimonio o la unión libre mediante un acta notarial entre ambos sexos, reivindica German Mcniel, subdirector del Instituto Nacional Penitenciario Hondureño, que llegó al cargo en febrero de 2017.

Musculoso y con mirada fría, el subdirector del INP va acompañado, dentro de las instalaciones del Instituto, por tres militares armados con fusiles. Mcniel rechaza que el Instituto Nacional Penitenciario obligue a las presas a usar métodos anticonceptivos. “No podemos esterilizar, sería contrario a los derechos fundamentales de las privadas de libertad”, afirma este funcionario de largas respuestas que aboga por las campañas de prevención de embarazo. “Si llegan a quedar embarazadas dentro, los mayores perjudicados serían sus hijos, porque por mucha atención que tratemos de darles, no va a ser la correcta”.

Nájera, la ex comisionada de la Conaprev, experta en derechos humanos, aún recuerda en la terraza de un hotel de Tegucigalpa, cómo en la noche en que se produjo el incendio del penal de Comayagua, en el que murieron 374 personas en 2014, una de ellas era una mujer que estaba visitando a su marido. Advierte de que la Ley Penitenciaria no contempla distinción por género: “Es una decisión al margen de la Ley”. Pero en la práctica histórica de PNFAS, si un director de un centro lo prohíbe, es su decisión.

En 1974, cuando PNFAS abrió sus puertas, había 66 presas. Aunque en su inicio fue dirigido a lo interno por un grupo de religiosas, hasta 2014, la dirección estatal siempre estuvo a cargo de hombres. Fue Maritza Castejón, que también fue la primera psicóloga al mando, quien cambió el rumbo de género. En la actualidad, también dirige el centro una mujer, la abogada Rosa Gudiel. “La ley no habla de un método de planificación”, advierte la ex directora Castejón, que confirma que durante su mandato las presas recibían algún método anticonceptivo.

El Estado hondureño asume que los padres de los menores, en su mayoría, están presos. Técnicamente, las mamás pueden recibir visitas de sus parejas a PNFAS, siempre que muestren un vínculo de unión. El problema era y es que muchas mujeres ya no mantienen relación sentimental con la persona con la que se casaron.

El Estado hondure

Además de los tres militares que custodian siempre al subdirector del INP, Germán Mcniel, él siempre va armado
Además de los tres militares que custodian siempre al subdirector del INP, Germán Mcniel, él siempre va armado

La muñeca de elote

La pobreza determinó la conversión de Iris Mendoza en secuestradora.

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A los nueve años, Iris Mendoza tuvo sus primeros zapatos. Creció en Danlí, un municipio a tres horas de Tegucigalpa en una casa con sus cuatro hermanos menores, donde dormía en una cama de cuero de vaca y donde de un huevo comían dos. Nunca tuvo una muñeca, dice esta mujer que hoy coordina las donaciones que llegan a Casa Cuna, que tiene una tienda de víveres permanente en la prisión y que habilita otro cada día de visita, donde aunque hoy una mujer la visita y por eso no puede charlar, hace dos años que no recibe a un familiar.

Hace 19 años, aún en Danlí, Mendoza tuvo a su primera hija, Marcela. Un año después, sintiéndose “perdida” en sus planes de vida, se mudó a Tegucigalpa a casa de una tía en el barrio Israel Norte. Allí conoció a asaltantes y secuestradores y se unió a una banda de secuestradores liderada por su esposo. “Me pudo la ambición de que mis hijos tuvieran lo que yo no tuve”, dice solemne. Dos años después, tuvo a su segundo hijo, Luis. Pasados unos meses, aún dándole pecho, ella entró en prisión condenada a veinte años y dejó al niño con su familia.

Una sola vez fue agredida. En la mañana siguiente a ingresar en la cárcel, tras una noche sin dormir, unas pandilleras patearon su cama y le amenazaron. “No te resistas al brinco, me dijeron las perrillas de la líder. Pero no me dejé”. De ahí en adelante, se juntó con las que ella llama “malotas” de la cárcel y se dedicaron a hacer lo mismo que le hicieron a ella: amenazar a otras para que les dieran lo que quisieran. Pero luego algunas fueron trasladadas o salieron. Y ella siguió ahí.

La culpa de ver a su hijo únicamente en la sala de visitas influyó de forma determinante en su ejercicio de madre y de responsable de Casa Cuna, donde la mayoría de mujeres no reciben visita familiar, a Iris su familia no la visita hace dos años. Iris Mendoza no recibe visitas desde hace dos años. Ella se encarga de que haya paz en Casa Cuna y reparte las donaciones para las mamás y los niños. No es equitativa y no le preocupa: las que menos visitan y las más pobres, dice, son las que más favorece.

Con dos años y medio, su hijo Kenneth, el niño de dos años que parece que tiene cuatro, sólo ha salido una vez de la prisión. Una semana, con una amiga de su mamá. “Y el niño puro loco en el mall en Tegucigalpa, queriendo abrazar los maniquíes, no sabía qué eran, andaba en el país de las maravillas. Le daban miedo las escaleras eléctricas” cuenta Iris.

Francy se escapó al club

El Estado no da seguimiento cuando los niños salen libres.

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Algunas mañanas, cuando ya ha vendido todas las bolsas de agua, y algunas tardes, cuando ya le han comprado todo el café y los panes con crema, Guillermina Montoya entra en la catedral de Tegucigalpa, en la plaza central, a rezar a la virgen de Suyapa. Para que Dios le dé una casa y pueda dejar el hostal que le amarra a tener que ganar 70 lempiras diarias, unos 2.50 dólares, para pagar una noche más. Para tener un buen negocio. Para que su hija cambie.

Francy Leonela tenía cuatro años cuando entró en prisión. No es la hija natural de Montoya, es su nieta. Pero su abuela la registró como su hija porque el padre de la niña cayó preso al tiempo que Guillermina, implicado en el mismo caso. Sólo porque estaba con ella cuando la policía la detuvo en su puesto del mercado. Por puro gusto lo agarraron, dice Guillermina. Y era y es alcohólico. En 2002, la niña fue trasladada a PNFAS para vivir con Guillermina Montoya, que con 46 años, acababa de quedar presa acusada de asesinato.

Guillermina guarda en una bolsa plástica todas las fotos que tiene de su hija, algunas de ellas fueron tomadas dentro de la prisión.
Guillermina guarda en una bolsa plástica todas las fotos que tiene de su hija, algunas de ellas fueron tomadas dentro de la prisión.

Desde 2012, según el artículo 44 de la Ley del Sistema Penitenciario, un niño puede permanecer en prisión con su mamá hasta los 2 años, siendo prorrogables por 2 años más según decida el juez. Pero hasta ese año, un menor podía estar en la cárcel con su mamá hasta los cinco años. Y en el caso de Francy fue hasta el último día que tuvo cinco años.
Desde que en 2006 salió de la cárcel, Guillermina Montoya, que nació en Orocuina (Choluteca), recorre cada día el centro de Tegucigalpa. Las arrugas de su aritmético rostro pasan invisibles por la transitada calle peatonal hasta que algún transeúnte tiene sed o hambre.

De gesto adusto, se mantiene sobria, muestra fotos de su hija que carga encima, algunas en prisión, donde asegura que los niños sólo comían bien por las ayudas de oenegés. Dice tranquila que cuando cayó presa, nunca la visitó su familia: “Decían que mejor me muriera”. Pero rompe en sollozos al pensar en sus cinco años dentro de la cárcel.

Su hija Francy, de 19 años, hoy está en el hostal. No quiere llegar a platicar de los dos años que vivió presa porque le da pena, porque le vino el período y está en cama.

Dentro de prisión, Montoya siempre iba con la niña de la mano porque había peleas y no quería que le pasara nada. “Allí los niños miran macaneos [peleas] y agarran los mismos modos de uno. Se hacen malcriados y aprenden malcriadezas ahí”. Fuera, el control se le fue de las manos. Después de que su hija saliera de prisión, a Montoya aún le faltaban tres años de condena y mandó a su hija a un hogar del antiguo Instituto Hondureño de la Niñez y la Familia (Ihnfa), lo que hoy es la Dirección de Niñez (Dinaf), pues no tenía ningún familiar que se hiciera cargo.

Antes de entrar en prisión, Ritza, la hija de doña Rita, la mujer de mirada desafiante, presa por asociación ilícita, estudiaba bachillerato en computación. Le faltaban dos años para graduarse. Incluso entonces ella ya solo decía que tenía dos caminos: o la mataban o la metían en prisión.

Un año después, Ritza duerme con cinco mujeres y cinco niños más en una habitación de Casa Cuna, donde no es muy sociable, donde básicamente se mantiene con su bebé. La convivencia dentro no es fácil.

Mientras su madre saca un pastel de la bolsa, Ritza dice que ahora pelea por otras cosas: reducir su condena y así poder salir con su hijo antes de que cumpla cuatro años. Su madre corta el pastel. Ritza, la mujer que imaginaba solo dos caminos, lo toma para festejar a su hijo que sabía de antemano que crecería en una cárcel.

  • Un proyecto de

    Logo el intercambio
  • Financiado por

    Logo Ford Foundation Logo Seattle Internation foundation
  • En alianza con

    Logo Revista Factum

Han participado en este proyecto:

  • Elsa Cabria

    Coordinadora y reportera

  • Ximena Villagrán

    Coordinadora, periodista de datos y reportera

  • Oliver de Ros

    Fotoperiodista

  • Bryan Avelar

    Reportero (Revista Factum)

  • César Castro Fagoaga

    Edición (Revista Factum)

  • Franc Castillejos

    Composición y voz de la canción para el proyecto “Niños Presos”

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