Cárcel
rica,
cárcel pobre

Los espacios maternos de las dos cárceles donde vive el 95% de los niños presos de Guatemala están hacinados y en abandono.

Reportaje Completo

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Las cárceles de Guatemala en cifras

1 de cada 1,000 guatemaltecos está en la cárcel.

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12 de cada 100 personas presas es una mujer.

Existen 18 cárceles para hombres, todas ellas tienen un sobrepoblación de entre el 135% y el 400%.

Actualmente 2,372 mujeres están encarceladas.
De cada 10 de estas mujeres 8 no han sido condenadas.

Junto a estas mujeres viven 102 niños entre 0 y 4 años que nacieron mientras sus madres estaban presas o tenían menos de 4 años cuando ellas entraron en la cárcel.

El olor a humedad golpea la nariz. No queda más que preguntar por qué huele así. Es el hongo en las paredes. En esta bodega de casi 300 metros cuadrados la luz directa solo entra por la cocina. Un montón de cajas de cartón llenas de ropa, apiladas contra las pequeñas paredes, cubren algunas ventanas. Huele a humedad de encierro. Este cuarto es el sector materno de la cárcel de mujeres de Santa Teresa, en la zona 18, el barrio con más asesinatos de Ciudad de Guatemala.

En estos 300 metros cuadrados, en octubre había 92 personas. En noviembre, hubo 137. Encerradas once horas al día. En dos metros cuadrados por persona, el área que un adulto recorre en dos pasos. Santa Teresa es la cárcel que más niños concentra en Guatemala.

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Entre Santa Teresa y el el Centro de Orientación Femenina (COF), está el 95% de los niños que conviven con sus mamás presas en Guatemala. En total, en el país, había 102 menores en octubre, según las últimas cifras del gobierno.

Al final del COF, casi un kilómetro después del edificio principal, del patio central, del camino de cemento y flores que queda a un lado del nuevo edificio materno infantil, de los cinco dormitorios, de la escuela para adultos. Después de las canchas. Al lado del basurero, en el municipio de Fraijanes, están las dos oscuras y frías habitaciones sin ventanas donde viven temporalmente más un centenar de personas, de los que la mitad son niños. Temporalmente significa desde hace dos años.

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El Sistema Penitenciario no paga la manutención de los niños en ninguna cárcel: ni costea su comida, ni sus medicamentos, ni mantiene un espacio adecuado que evite que las enfermedades continuas. Las familias que llegan de visita y dos oenegés son las que consiguen alimentos, pañales, medicinas y juguetes. Pero hay categorías: los 46 niños de Santa Teresa tienen una guardería y comida. Los 51 niños del COF, no.

Una historia con hongos

La falta para medicamentos y las inadecuadas instalaciones afectan a la salud de los niños.

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Desde el patio ahogado en lazos con ropa colgada hay unos diez pasos hasta la bodega donde viven niños y sus madres en Santa Teresa. Desde ahí se siente el olor. El olor a gente, mucha gente, a encierro, a un poco de desinfectante de piso mezclado con humedad. Este viernes de octubre hay 137 personas viviendo ahí dentro, 45 más que en la cifra de octubre, la última solicitada, Dentro de la bodega, hay mujeres con sus bebés sentadas en el piso frente a la televisión a todo volumen, hay que saltarlas para poder entrar a los pequeños pasillos que separan las habitaciones. Es como un laberinto decorado con sábanas estampadas.

El hongo no se ve, pero el olor a humedad recuerda al de un cuarto cerrado por meses sin ninguna ventilación. Algunas ventanas están abiertas a todo lo que dan, que es casi nada, pero no entra aire. La puerta de entrada a la bodega, donde hay mujeres paradas, tampoco permite la ventilación. El sonido de la música infantil a todo volumen, los gritos de los niños que juegan, los de los bebés que lloran. El laberinto sofoca.

El hacinamiento de las cárceles de Guatemala

Nivel de hacinamiento de los centros penitenciarios de Guatemala: número de presos en 2017 frente a la capacidad total

Cárceles de mujeres y cárceles de hombres

Fuente: Sistema Penitenciario de Guatemala

Por orden de la vocera del área, hay cuatro turnos de limpieza al día para la cocina, los pasillos y el baño. A puro desinfectante barato y cubos de agua. Al lado de la puerta de entrada, en la cocina, el único lugar iluminado porque tiene un bloque grande de ventanas, una mujer trapea el piso mientras su bebé juega con una escoba en su cuna. Hay una refrigeradora y una estufa arruinada. Este viernes de noviembre, la cocina es el único lugar donde se puede caminar sin pedir permiso para pasar. Al fondo de la bodega, otra mujer tira cubetazos de agua en el piso de cemento hasta medio inundarlo. Limpia las duchas sin puertas y los viejos inodoros. Otras dos presas terminan de lavar cocina y baño. Y no se ven limpios.

La única cuna de toda el área materna de Santa Teresa está dentro de la cocina.
La única cuna de toda el área materna de Santa Teresa está dentro de la cocina.

El laberinto es verde pálido pero no siempre fue así. Las paredes descascaradas por la humedad dejan ver que antes fueron amarillas. Y antes, blancas. La suciedad no deja diferenciar si las manchas son por el uso o si las provoca el moho. “Aquí las noches son heladas, las paredes se ponen frías como una morgue de miedo”, dice Chiqui, la diminuta mujer que ha estado nueve veces presa y ahora es la vocera del área materna. Está sentada, muy encogida porque la cabeza le topa con la litera de arriba. Hoy tiene a su hijo Kerem con su suegra porque, de nuevo, tiene mucha tos. Mientras tiene a su niño fuera, a Chiqui la acompaña Derek, un niño que no es su hijo pero que la persigue a todas partes.

El hongo y las paredes mortecinas son su explicación para los mocos, la tos, las erupciones en la piel, la bronquitis, y cualquier enfermedad respiratoria que los bebés puedan tener. Su explicación y la de otras siete presas entrevistadas que culpan al hongo de las enfermedades de sus hijos.

Las autoridades del Sistema Penitenciario también llaman al hongo por su nombre: un problema, porque solo llega una pediatra dos veces a la semana. La especialista fue contratada en 2017. Antes de eso, no había ningún servicio de salud especializado para los menores. El Sistema Penitenciario admite, por escrito, no tener medicamentos para menores de edad porque ellos no son presos. “En algún momento se consideró poner aire acondicionado, pero la pediatra dijo que no era recomendable, están pensando en hacer algún tipo de ventilación en el techo”, dice la subdirectora de rehabilitación del Sistema Penitenciario, Paola Rivera, sin especificar cuándo podrán hacerlo.

La mayoría de casos en los que interviene la Procuraduría General de la Nación (PGN), institución encargada de supervisar la situación legal y física de los niños, son precisamente por problemas respiratorios. “Hemos mirado que los menores sean trasladados a lugares con mejores condiciones”, dice Sonia Pascual, coordinadora de niñez de la PGN, institución que se informa de los casos por la oenegé de asesoría legal Colectivo Artesanas, que lleva once años trabajando con mujeres presas.

Las madres no tienen permitido salir al hospital desde agosto cuando unos pandilleros del Barrio 18, una de las dos pandillas más homicidas de Centroamérica, asesinaron a siete personas para rescatar a un reo en el hospital Roosevelt, el más grande del país. Este no era el primer ataque de pandillas a hospitales públicos pero fue determinante: los médicos se negaron a atender a más presos.

En Santa Teresa hay muchas madres pandilleras, muchas de ellas llevan más de dos o tres años sin condena.
En Santa Teresa hay muchas madres pandilleras, muchas de ellas llevan más de dos o tres años sin condena.

Ahora todo es más complicado. Si un niño necesita ir al hospital las madres deben buscar a un familiar que los lleve. Pero si ningún familiar puede, ellas deben reportar el caso a la trabajadora social del centro para que coordine con la PGN. La procuraduría asignará un supervisor que llevará al bebé al hospital y luego lo regresará al centro. Este proceso burocrático puede llevar muchas horas.

Por eso, bajar la fiebre en medio de la noche es una prueba de suerte. Una mamá tiene que pedir al guardia que abra la puerta de la bodega y que le permita subir las escaleras a la enfermería para ver si hay algún medicamento. “No hay nada para los niños, si no tenés familia que lo venga a traer, tenés que ver cómo lo curas acá”, dice Chiqui, que habla como si corriera un sprint, mientras la mamá de Derek, el niño que la persigue, ve la tele tirada en el piso.

El Sistema Penitenciario admite por escrito que no invierte ni gasta en nada relacionado con el espacio materno de las cárceles por el bajo presupuesto que tiene.
El Sistema Penitenciario admite por escrito que no invierte ni gasta en nada relacionado con el espacio materno de las cárceles por el bajo presupuesto que tiene.

La cura para la fiebre son paños de agua fría, pero controlar los ataques de tos no es tan sencillo. En esta prisión desde hace un año hay un nebulizador porque Chiqui consiguió una donación de otra interna que pasó por el penal. Este aparato produce un vapor, con o sin medicamento, que se aplica con una mascarilla en la nariz y en la boca para descongestionar las vías respiratorias. Es como meter la cara en una cubeta con agua hirviendo. El nebulizador es la cura temporal para los efectos del hongo. Las mamás lo usan mucho, aunque está en poder de Chiqui.

La mayoría de mujeres en Santa Teresa no puede mandar fuera a sus hijos porque no tienen familia que se encargue. Las que pueden, sacan a sus hijos seguido para que no se enfermen. Las que pueden, podrían plantearse enviar a los niños a que vivan con sus familiares y evitar que se pongan malos. Pero las mujeres que conviven con sus niños en prisión no solo viven con sus hijos; también dependen emocionalmente de ellos.

El único espacio abierto para los niños en Santa Teresa es un patio de cemento con algunos juegos y bancas.
El único espacio abierto para los niños en Santa Teresa es un patio de cemento con algunos juegos y bancas.

Dentro de un diminuto cubículo de cinco metros cuadrados, al que las mujeres llaman cuarto, con una cama, una litera y una colchoneta tirada en el piso -donde viven tres mujeres y tres niños- está Dayana. Esta mujer blanquísima, con unas cejas tatuadas y extremadamente arqueadas, lleva tres años presa esperando su condena por extorsión. Hoy está sola. Su hija Cata, de un año, está con su suegra porque estaba enferma. Tenía tos.

¿Por qué delitos están las mujeres presas en Guatemala?

Número de mujeres recluidas en centros de detención de Guatemala por tipo de delito a mayo de 2017

Fuente: Dirección General del Sistema Penitenciario

Dayana dice que es la necesidad económica la que le hace tener a su hija con ella. En el fondo, sabe que es otro tipo de necesidad. “Ella es mi fuerza, nunca estaría mejor sin ella”, dice excusándose porque Cata, de un año, llora cada vez que tiene que regresar a prisión.

Es difícil escucharla: en la bodega suena reggaeton cantado por dibujos animados. Ella imagina que la niña de un año cuenta los días para volver a salir. Habla de la niña como un reflejo de sí misma. Cada ocho días, su hija se enferma. No quiere estar en Santa Teresa.

Pasa mucho que si los niños se enferman, ya no regresan a prisión”, dice Andrea Barrios, de la oenegé Artesanas. Ese es uno de los miedos de Chiqui cada vez que Kerem sale con su suegra porque está enfermo. Teme que no quiera devolverlo.

Ocho días es el mismo tiempo que a Chiqui le aguanta su hijo Kerem en la cárcel sin enfermarse. Y como si fuera un discurso que ambas aprendieron Chiqui cree que su niño, de 16 meses, se enferma para que su abuela lo saque de prisión. Cuando está afuera, ya no tiene ninguna enfermedad, dice apretando el colchón con sus manos.

Crecer junto al basurero

El COF tiene a más de cincuenta niños en dos cuartos junto al área de desechos.

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Al lado del basurero, un portón metálico azul separa el área materno infantil del resto del Centro de Orientación Femenina (COF). Pasado el portón, un patio lleno de ropa tendida divide el silo viejo de frijoles, donde duermen más cien personas, de la vieja maquila. Las prendas están mojadas casi siempre porque Fraijanes es un municipio rodeado de bosque húmedo. Aunque la temperatura media no pasa de los 15 grados, muchas madres andan en chanclas y los niños corretean descalzos por el patio un viernes de finales de septiembre.

Detrás de la puerta azul está la bodega donde se encuentran las habitaciones de la madres y los niños en el COF.
Detrás de la puerta azul está la bodega donde se encuentran las habitaciones de la madres y los niños en el COF.

Mujeres y niños duermen en la fría galera donde se guardaban las semillas de los frijoles que las presas limpiaban, para una empresa, hasta que hace cuatro años el Sistema Penitenciario (SP) suspendió la posibilidad de tener empleo en el COF. Cada habitación está sobrepoblada de gente y de cosas. Hay camas pegadas a las cuatro paredes. Y camas en el medio de los cuartos, que tienen dos bombillas de luz naranja colgadas, con cables pelados, del alto techo de lámina. Las camas de los laterales marcan sus límites con sábanas que fingen ser paredes.

Al oscurísimo fondo de uno de los cuartos, Valentina chorrea mocos.

– ¿Cuántos días lleva con tos?
– ¡Yaaaaaa!

Stefanie es una mamá presa en el COF, sin dinero para medicamentos, con una hija muy enfermiza. Valentina es una niña de cara regordeta y finos rasgos que parece saludable, pero no lo es. Tiene dos años y siete meses y nació prematura. Cuando ya estaba en prisión, los custodios sacaron a la niña para que ganara peso en el hospital. Por estar encarcelada, su madre no pudo acompañarla.

Esta mamá nicaragüense, presa por secuestro, permanece sentada sobre la cama de una compañera mientras su hija, mocosa y con tos, corretea por el cuarto hasta que se sienta a la altura de la almohada de la cama que comparte con su madre, al fondo del cuarto. Físicamente, la niña es un clon de Stefanie, una mujer que lleva doce años en Guatemala, siete de ellos en la cárcel, primero en Quetzaltenango, a tres horas de la capital, y ahora en el COF.

El cambio de clima seco montañoso de Quetzaltenango a la humedad de Fraijanes hizo que Valentina se enfermara desde el primer día. El presupuesto del SP para servicios médicos, médicos sanitarios y medicamentos es para uso de los privados de libertad mayores de 18 años. Legalmente, la dirección general del SP no tiene a cargo menores de edad. La misma pediatra que visita Santa Teresa, visita el COF dos días por semana. El departamento de Trabajo Social de la cárcel suele ayudar a las presas para buscar medicinas. Si los menores están muy enfermos, pueden ser trasladados a un hospital para tratamiento médico. Pero la falta de inversión estatal se convierte en un conflicto recurrente. “Medicamentos a veces no hay acá. Si un niño se enferma, uno tiene problemas”, dice Stefanie.

Por ser extranjera en situación irregular, Stefanie dice que habló al consulado de Nicaragua en Guatemala, pero no hubo respuesta. En el caso de las extranjeras, según Naciones Unidas, las presas deben tener acceso a sus representantes consulares. Nunca pudo registrar a su hija en el Registro Nacional de las Personas. La PGN amenazó con quitársela. Cuando cayó presa, ya sufrió que el Estado le quitara a sus tres primeros hijos para trasladarlos a un orfanato estatal. A los siete meses, la abuela tuvo que llegar desde Nicaragua para llevárselos.

Para evitar que se repitiera la historia, la oenegé Colectivo Artesanas, la única que asesora a las presas en temas legales, movió sus papeles y el Sistema Penitenciario la trasladó al COF. Pero la relación de Artesanas y Stefanie trasciende la burocracia. Andrea Barrios, su directora, es también la madrina de Valentina porque estuvo apoyando a Stefanie en el complicado parto que tuvo, porque ha acompañado todo el proceso de Valentina dentro de la cárcel.

-China, mire.

Una niña llama a Valentina para que vaya con ella a jugar. A Valentina le apodan igual que a su madre: China. El bullicio de niños resuena al fondo de la historia de Stefanie mientras explica que la primera vez que Valentina enfermó en el COF, los custodios la sacaron al hospital Roosevelt. Stefanie logró que la dirección la sacara para acompañar a su hija. El doctor le dijo que era mejor que la niña se quedara unos días en el hospital.

Pero por no tener mi papelería ni la de la nena, me tuve que traer a la niña con la medicina”.

La creyente Stefanie confía en Dios, pero tiene miedo de que su hija acabe en un orfanato. Porque su esposo, con el que ya no tiene relación, está preso por el mismo caso de secuestro, porque su familia está a 800 kilómetros, porque su condena es de 25 años, porque su expareja no es el papá de Valentina. El papá es un hombre de Quetzaltenango que no la quiere reconocer. La última vez que la niña tuvo neumonía, la dirección de la cárcel llamó al papá para que la sacara. Estaba borracho. “Pero yo prefiero eso a que vaya a una casa hogar”.

Valentina no tiene un nombre y un apellido legal. Pero el porqué de su nombre es poderoso: la llamó así porque fue una niña muy valiente para nacer.

 

El menú no es para todos

Una oenegé paga, únicamente, la comida de los niños de Santa Teresa.

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El asunto de las estufas es el chisme de este viernes de noviembre, en la segunda visita al COF. Una estufa explotó en el cuarto de Stefanie el lunes. Otra reventó hoy en el cuarto de al lado y ahora sólo tienen cuatro estufas en su habitación. Llamar estufa, como ellas le dicen, a un ladrillo de cemento con una resistencia dentro es mucho decir, pero es lo único que tienen para cocinar. Cinco mamás cuentan molestas cómo la directora llegó a visitarlas quejándose por la explosión de los ladrillos.

Valentina nunca ha salido a la calle, sus únicas salidas fueron al hospital cuando era aún más pequeña.
Valentina nunca ha salido a la calle, sus únicas salidas fueron al hospital cuando era aún más pequeña.

Valentina juega con una muñeca de tela desnuda y cabeza plástica. La muñeca es su favorita. En la otra mano tiene un brazo plástico, sin cuerpo. Stefanie, su mamá, ríe y camina al fondo de su cuarto hasta agarrar una muñeca sin brazo. Se le salió hace días y no encaja la extremidad de nuevo. Pero a Valentina, que hoy tiene menos mocos que la primera vez, le da igual. La mamá nicaragüense regresa a su estufa para calentar agua mientras la niña, detrás suyo, se mantiene sentada en un banco que le queda alto para saltar con su muñeca y su brazo.

Las presas de los dos cuartos pidieron cuatro hornillas eléctricas al pastor Fito, que lleva 25 años ayudando en las cárceles con su oenegé evangélica Misión Amor, que cuenta con una iglesia en Santa Teresa. Las mujeres dicen que la directora les dio 48 horas para que las instalen. Pero la ayuda no podría llegar hasta dentro de cinco días. “Cocinar implica ponerse de mal humor”, dice riéndose Ana, una mujer que vive en el cuarto de al lado de Stefanie.

La luz natural entra sólo por la puerta, pero no ilumina la sábana de Hello Kitty que cubre la cama de Ana, en un lateral de la habitación. Tampoco llega iluminación a la sábana de Wendy, el hada de Peter Pan, que usa como falsa pared entre su cama y la siguiente. Debajo de su cama, Ana guarda toda la comida que su mamá le trae cada viernes en las visitas para su hija Lisa. Fideos, arroz, carne, jamón, cereales. Para guardar las cosas frías tiene que pagar 15 quetzales a la semana (2 dólares) a la dueña de la tienda que está en el patio del COF. La niña solo come alimentos que le lleva su abuela en la visita.

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Para entrar a la sala de visitas, en el edificio principal, los visitantes no pueden llevar llaves ni teléfono porque no hay dónde dejarlos. Las mujeres tienen que ir en falda para acceder a cualquier cárcel guatemalteca. Por eso, afuera del centro penitenciario, hay puestos rudimentarios donde, por unos quetzales, cuidan teléfonos, llaves y venden faldas.

El COF es la cárcel de mujeres con sentencia. En Fraijanes, a 27 kilómetros de Ciudad de Guatemala, junto a otra prisión de mujeres y tres de hombres, queda el penal que forma parte del centro penitenciario Finca Pavón, en el que está la mayoría de cárceles del área metropolitana de la capital del país.

En 2013, Ana ya era madre de tres niños cuando ingresó en Santa Teresa acusada de secuestro. Aunque el juez concluyó que no había pruebas suficientes en su contra, mientras cumplía cárcel preventiva, le encontraron un celular, le dieron cuatro años y la mandaron al COF. Como le pasó a Ana, es común encontrar más casos entre las presas. Un celular es motivo de más año en prisión porque podría ser utilizado para extorsionar. Aunque muchas mujeres los usan para comunicarse con sus familias. En noviembre de 2013, nació Lisa, una niña que sale con su abuela cada dos meses, a vivir a zona 21, un área de clase media baja en Ciudad de Guatemala. “Aquí la que estoy presa soy yo, no ella”, justifica esta mujer rellenita con el pelo en cola, consciente y autocrítica.

Las compañías telefónicas en Guatemala están obligadas por ley a instalar bloqueadores de señal móvil para evitar las extorsiones.
Las compañías telefónicas en Guatemala están obligadas por ley a instalar bloqueadores de señal móvil para evitar las extorsiones.

Enfrente de ella, una mujer mayor come una sopa de frijoles sentada en su cama. Las presas de mayor edad, que conviven con los más pequeños de la prisión, duermen en las camas de en medio de las habitaciones. En la cárcel, Ana podría comer el rancho, que son los platos preparados que da el Sistema Penitenciario (SP), pero ella, como muchas mamás, cocina su comida. Hay mujeres que no pueden elegir y tienen que comer rancho y compartirlo con sus hijos. Del rancho ninguna mujer dice nada bueno, en el COF dicen que “viene shuco” -podrido- y en Santa Teresa dicen que “parece vómito”. Lo único que Ana normalmente come del rancho son las tortillas de maíz. Lisa no toca el rancho porque su mamá lo evita. La dirección general del SP dice, por escrito, que únicamente brinda el derecho de alimentación a las privadas de libertad. No a sus hijos.

“No se está vulnerando [el derecho a la alimentación]”, defiende Sonia Pascual, en su despacho de la PGN, que minimiza la responsabilidad estatal y encauza el asunto al trabajo que realizan el departamento de Trabajo Social de las cárceles de mujeres y a la oenegé Artesanas.

En Santa Teresa las madres sí tiene otra opción para alimentar a sus hijos. The Christian Broadcasting Network (CBN), un canal de televisión evangélico de Estados Unidos, alimenta a los niños de esta cárcel a través de su oenegé en Guatemala. De lunes a viernes los niños reciben el desayuno y el almuerzo, que preparan una madre cada día, con los ingredientes que CBN compra.

Este viernes de octubre las madres hacen una fila frente a la pequeña cocina donada por CBN dentro del área materna de la cárcel, a un lado de la guardería, para que la maestra, la madre que cocinó y la madre cuidadora les sirvan un pedazo de carne con salsa de tomate, arroz y unas tortillas de maíz en los platos plásticos de cada niño.

No tienen un lugar para sentarse a comer, algunas usan las bancas de cemento del patio, otras se sientan en el piso o en sus camas dentro de la bodega para darle de comer a sus bebés.

Las mujeres hacen fila en el horario del desayuno y el almuerzo para recibir la comida que dona CBN para los niños mayores de 6 meses.
Las mujeres hacen fila en el horario del desayuno y el almuerzo para recibir la comida que dona CBN para los niños mayores de 6 meses.

Lesly Sipac, la maestra de la guardería que trabaja para CBN, es una joven risueña que aparenta tener muchos años menos de los que tiene. Se encarga de organizar todo para que los niños tengan comida. Cada dos semanas ella y la madre cuidadora, Rina Valenzuela, van al mercado a comprar todos los ingredientes que les pide el menú de la nutricionista de Central de Alimentos, la empresa de comida de la cervecería más grande del país. El desayuno pueden ser panqueques, plátanos cocidos, huevos, cereales con leche, frijoles o atol. El almuerzo pueden ser sopas de pollo o de res, arroz, salchichas y fideos. Esto es más que lo que puede comer un niño en el COF si no tiene la visita de sus familiares.

Anabella es una excepción. Esta mujer morena, diminuta y que piensa cada palabra que dice, es la única que tiene autorización para que sus dos hijos vivan con ella en prisión, porque Colectivo Artesanas llevó el caso por la vía legal y un juez accedió a darle el permiso. Las demás mujeres solo tienen a un hijo o hija junto a ellas.También es una mujer que no tiene visitas de familiares pero vive bien dentro de los estándares de la prisión. A ella la mantiene la pandilla, le manda 1,500 quetzales cada mes (200 dólares).

El padre de los niños, la pareja de Anabella, está preso en la cárcel al lado de Santa Teresa, el Preventivo de la zona 18 dentro del sector 11, donde solo hay pandilleros del Barrio 18. A ambos, junto a su hijo de un año, los capturaron en julio del 2016 con un arsenal de armas dentro de su casa en la colonia La Brigada, una de las zonas más violentas del municipio de Mixco, al sur de la capital. Ahora su única comunicación, al menos la que admite, es través de las cartas de amor que vienen con el dinero de cada mes y ella pega en la pared del pequeño cuarto.

Los estándares de la cárcel no son altos. Anabella y sus dos hijos, Wilson y Jonathan, viven en una habitación de cuatro metros cuadrados con otras dos mujeres y otros dos niños. Una litera, una colchoneta en el piso. Los niños -de 8 meses y dos años- y su madre duermen en la colchoneta individual en la parte de abajo de la litera. “Así sin movernos dormimos, el bebé al lado mío, y el grande en mis pies”, dice mientras mueve las manos para explicar cómo se acomodan cada noche.

Así de complicado como parece acomodar a tres personas en una cama tan pequeña es para Anabella alimentar tres bocas comprando dentro de la prisión. Su hijo Jonathan sí come comida de CBN porque aunque tenga dinero de la pandilla dice que casi todo el dinero se lo gasta en pañales. Un pañal desechable dentro de la prisión puede costar dos o tres veces más que afuera, unos tres quetzales (40 centavos de dólar).

-¿Qué haces cuándo él no te manda el dinero a tiempo?
-Nada.
-¿No trabajas para conseguir dinero extra?
-No.
-¿Entonces qué haces?
-Preocuparme.

La niña que iba a la clase de adultos

La falta de cuidadora en el COF contrasta con la maestra en Santa Teresa.

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El cuaderno de rayas de Lisa está lleno de stickers y rayones. Ana, su mamá, lo saca de debajo de su cama y la niña lo agarra, mientras su madre baja ropa de la estantería. Es la ropa que en dos semanas estará en casa de la abuela con sus tres hermanos. Lisa cumple cuatro años el 11 de noviembre y tiene que irse a vivir fuera.

Cuatro es la edad límite para que un niño viva en prisión en Guatemala. Meses antes de que el menor cumpla cuatro, la mamá informa al departamento de Trabajo Social de la cárcel para que evalúe el perfil de la persona con la que va a vivir. Si todo es correcto a partir de que el niño sale de la cárcel, durante un año, un juez dicta varias audiencias para conocer el progreso si todo está en orden hasta que en la audiencia definitiva aprueba la custodia.

Lisa ya sabía que se iba. Lisa ya se fue.

Lisa, la niña del COF, de pelo súper liso y grandes cachetes, sonríe hasta cuando no sabe que la miran. Lisa se expresa muy bien para tener tres años. La maestra de bachillerato de Ana tiene la teoría de que la niña va a aprender muy rápido los números. La profesora conoce a la niña porque su mamá la lleva de lunes a viernes a sus clases de bachillerato. No lo hace porque quiera, lo hace porque no tiene otra opción.

Hace un año, la dirección del COF cerró la guardería, un espacio ubicado en el edificio principal al que llamaban comunitario, para remodelarla. Pero está sin funcionar porque el Sistema Penitenciario (SP) no contrata empleados en el COF porque no son su responsabilidad. Por Ley, la entidad encargada de los niños sería la Secretaría de obra Social de la Esposa del Presidente (Sosep), pero tres de sus funcionarias dicen que es un error legal. El SP paga una madre cuidadora en la otra cárcel, en Santa Teresa. La de Santa es una excepción porque fue una solicitud de la oenegé CBN, que puso además a una maestra.

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La guardería de Santa Teresa es pequeña para los 42 niños, todos los mayores de seis meses, que llegan cada día pero es el único espacio que parece que no pertenece a Santa Teresa, la prisión abandonada. La guardería tiene murales infantiles en las paredes, el piso acolchado, es colorida, limpia y tiene muchos juguetes. Todo lo ha donado CBN.

Rina y Lesly reciben cada mañana, a las ocho en punto, frente a la pequeña puerta, a todos los niños. Prefieren que los niños estén en la guardería que con sus madres en la bodega. Son muy críticas con ellas. “Si no les damos amor ellos van a ser unos pequeños delincuentes. Es rara la mamá que se acerque a un niño y lo abrace”, dice Rina, muy maquillada y peinada, con tono molesto sentada sobre una silla infantil dentro de la guardería. Afuera las mujeres cantan canciones religiosas en la iglesia de la cárcel.

Afuera de la guardería, en el patio, hay unos juegos para niños. Esos también fueron una donación.
Afuera de la guardería, en el patio, hay unos juegos para niños. Esos también fueron una donación.

Rina lleva ocho años cuidando a los niños presos. Antes lo hacía en el COF pagada por Secretaría de Obras Sociales de la la Esposa del Presidente (Sosep), pero ahora es una empleada del Sistema Penitenciario.

La Sosep, que es la institución responsable según la Ley Penitenciaria de ofrecer educación a los niños, ya no lo hace. Funcionarios de la Sosep dicen que es “una equivocación” que la Secretaría aparezca citada en la normativa. El SP y la Sosep señalan a la Secretaría de Bienestar Social (SBS) de ser la responsable teórica, pero en esa Secretaría dicen que tampoco, que no tienen nada que explicar, pero que con mucho gusto muestran un centro de menores adolescentes. En esto de la educación nadie es responsable.

La Sosep rechaza su responsabilidad. De hecho, no tiene ningún programa de atención a menores en cárceles, incluso lo ponen por escrito. Pero, según su reglamento, es la institución que tiene que crear políticas de salud y alimentación para erradicar la pobreza entre niños de 0 a 6 años. “Entiendo la postura de la Sosep y de la SBS cuando dicen: a mí quién me garantiza que puedo trabajar en el Sistema Penitenciario cuando el control es difuso”, admite Axel Romero, viceministro de Prevención Comunitaria una noche de noviembre en su despacho. “Pero si la Ley está o no está bien [según la Sosep], ese es el texto, eso es lo que pone”.

La Sosep argumenta que su responsabilidad abarca sólo a los niños en situación de vulnerabilidad. “Pero en áreas de pobreza”, matiza Silvia Guzmán, coordinadora regional de centros comunitarios de la institución. En el año 2000, la Sosep abrió una guardería y pagó alimentación para los niños y salarios para madres cuidadoras en el COF. Duró un sólo año porque muchas mamás no llevaban a sus hijos. A la guardería la llamó Centro de Atención y Desarrollo Integral (Cadi), un concepto que mantiene fuera de la cárcel para niños menores de siete años. En un segundo intento, abrió otro Cadi en Santa Teresa en 2005. Duró ocho años, hasta que la institución consideró que la constante fluctuación de niños en el Cadi empezó a ser un problema por el carácter preventivo de las penas de sus mamás. Y se quitaron el problema.

La Sosep debería de ser la responsable [de los niños], dice el viceministro Romero. “Pero primero tienen que existir espacios adecuados: los centros de detención nunca fueron programados para tener niños”, admite este político.

Naciones Unidas advierte desde hace siete años que las cárceles no están diseñadas ni para mujeres embarazadas ni para mujeres con niños pequeños. “Debe hacerse todo esfuerzo que sea necesario para mantener a esas mujeres fuera de la cárcel”, exhorta en las Reglas de Bangkok, el último reglamento internacional, firmado también por Honduras, Guatemala El Salvador.

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Antes de tener a su primer hijo, Ana, la presa que vive en el COF con su hija Lisa, estudiaba su último año para ser contadora. Pero dejó de estudiar porque su ex pareja y aún marido se lo prohibió cuando tuvo a su primer hijo. Aquel joven, al que conoció jugando al fútbol en una cancha de zona 12, fue acusado con ella de secuestro, pero finalmente salió libre. Ya no tienen relación. Esta es una realidad frecuente entre muchas mujeres: caen presas y, aunque no se separan oficialmente, sus relaciones se acaban.

Lisa se pone a pintar con un yeso blanco en el piso mientras su mamá cuenta cómo es la niña en clase. Lisa pregunta a la maestra qué está explicando, pinta en su cuaderno y, cuando se desespera, agarra una escoba y se pone a barrer el aula. Ana sale de prisión el año que viene, justo para cuando Lisa empiece párvulos en un jardín de infancia en zona 21, cerca de la casa de su abuela. Ana siempre quiso ser abogada. Por llevar saco. Y ahora que su marido no le influye, quiere salir y estudiar derecho. Cuando Lisa sea grande, Ana ya pensó que le dirá que su mamá estuvo presa porque no se portó bien. “Esta no es su casa, le digo yo. Como que nos la prestaron”.

El gobierno fantasma

Las instituciones esquivan la responsabilidad final sobre los niños.

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Hace cuatro años el Sistema Penitenciario eliminó los trabajos que ofrecía en el COF a las presas que mostraban buen comportamiento. No cobraban un salario, pero les ayudaba en su expediente. Las presas y sus hijos viven de la ayuda ajena, pero muchas hacen trabajos para otras presas. Por alguna razón que nadie explica, pero todas saben: en el COF los salarios son mucho más bajos. En Santa Teresa, un lavado de ropa vale 50 quetzales (6.8 dólares), que es lo mismo que gana una presa del COF por todas las lavadas que haga en un mes. Y ese es el mismo precio que tiene comprar un paquete 24 de pañales. Las cuentas no salen.

Chiqui, la vocera de Santa Teresa, espera que no la condenen, no porque no haya robado sino porque no quiere ser trasladada al COF. “Esa es una cárcel pobre, allá las mujeres no tienen nada”. En el COF a Chiqui le autorizaron tener una venta, de ella es la abarrotería del área materna. En el COF, dice, su venta no funcionará: “allí nadie tiene dinero para comprar”.

Curiosamente, la prisión que Chiqui llama cárcel rica está rodeada de asentamientos y extrema pobreza. Y la cárcel pobre, como dice Ana la mamá de Lisa, está inmersa en medio de condominios de clase media alta.

Los alrededores de la cárcel de Santa Teresa.
Los alrededores de la cárcel de Santa Teresa.

“Si tu familia no te ayuda, no hay muchas opciones. Esta cárcel es muy pobre”, dice Ana, la mamá de Lisa, que comparándose con Stefanie, la mamá de Valentina, y del resto de las mamás presas del COF, es una privilegiada porque ha podido dedicarse cuatro años a estudiar y a cuidar de su hija.

La temporalidad de los niños y las mamás en las dos oscuras habitaciones del COF pende de dinero extranjero. En 2015, La Unión Europea (UE) dio 856,000 dólares para derribar el antiguo edificio materno infantil y construir uno nuevo. Mientras se hacía la obra, el Sistema Penitenciario trasladó a los dos cuartos donde viven a todas las mamás, las mujeres de la tercera edad, y los menores. La nueva instalación está en pie desde 2016, pero no tiene mobiliario porque también depende del dinero de la UE.

Las opciones no vienen mejorando: el edificio antiguo de maternal en el COF era muy húmedo y tenía goteras; la antigua frijolera es una galera oscura sin ventanas; y ahora el nuevo edificio de maternal es una instalación gris claro, dividida en dos plantas, completamente cerrada, con un patio minúsculo al aire libre. Las habitaciones de las presas tienen baño individual, pero sus puertas azules retoman la idea de encierro una vez se apaga la luz. El edificio nuevo tiene cuarenta habitaciones, pero sólo en noviembre de 2017 había 51 niños.

Las nuevas instalaciones para madres y niños del COF.
Las nuevas instalaciones para madres y niños del COF.

Las madres de Santa Teresa ni siquiera piensan en una remodelación del espacio en el que viven, menos aún en nuevas instalaciones. “Lo único que pensamos fue en construir literas de cemento con barandas pero es muy peligroso para los niños”, dice Paola Rivera, la subdirectora del SP, sobre las malas condiciones del espacio en esa cárcel.

El Gobierno de Guatemala empezó a trabajar una nueva política penitenciaria alrededor de los espacios de las cárceles, pero el nuevo edificio del COF lo pagó la Unión Europea, y no se adapta a la nueva política, que es una copia del modelo penitenciario dominicano, muy enfocado en la creación de espacios abiertos. Eso es lo que argumenta Axel Romero, viceministro de Prevención.

La única opción, según Romero, para arreglar la situación de Santa Teresa es una nueva cárcel en el municipio de Villa Nueva, al sur de la ciudad, que no se ha construido porque los vecinos del lugar se oponen.

Por eso, en 2016, con el cabildeo de la oenegé Colectivo Artesanas, Guatemala creó un acuerdo ministerial, apoyándose en las Reglas de Bangkok, para lograr cambios concretos en la vida de los niños y madres que viven en prisión y está muy enfocado en los miles de niños que, fuera de la cárcel, viven sin sus mamás. Actualmente hay una mesa de trabajo interinstitucional, en la que curiosamente sí está la Secretaría de Bienestar Social, la misma entidad que dice no tener nada que ver con los niños que viven en cárceles con sus mamás.

El acuerdo “no está enfocado del todo en los niños que conviven con sus mamás porque la cifra no varía mucho”, dice Andrea Barrios, directora de Colectivo Artesanas, que está trabajando para que la Sosep pueda dar alimentación dos veces al día.

El proceso para abordar la situación de los niños está en el penúltimo escalón de las prioridades del gobierno. Según explica el viceministro Romero el orden es el siguiente: primero tienen que arreglar las carceletas de la policía, luego retomar el control del SP y al final implementar el modelo penitenciario en el que se incluya una nueva academia de la policía, desarrollar el nuevo modelo de cárcel de Fraijanes y crear un modelo de cárceles de máxima seguridad mediante una reclasificación de los presos. Según el ministro de Gobernación, Francisco Rivas, esto no se logrará hacer en un período de menos de 10 años.

Así aumentó el número de niños que viven en las cárceles de Guatemala

Evolución del número de menores que conviven con sus madres en centros penales de Guatemala

Fuente: Sistema Penitenciario de Guatemala

En el penúltimo escalón de importancia está precisamente la nueva cárcel de Fraijanes I, que queda en la finca Pavón, donde está el COF. Hace un año, el Ministerio de Gobernación envió a 64 mujeres, sin niños, a una cárcel remodelada con fondos estadounidenses.
No sin antes hacer un traslado masivo de los pandilleros de alta peligrosidad del Barrio 18 que vivían en Fraijanes I: los llevaron a la cárcel El Infiernito, en el departamento de Santa Rosa, a dos horas de la capital. Antes del traslado, los jefes de la pandilla dieron la orden de venganza: nueve ataques simultáneos a estaciones de la Policía Nacional Civil. Murieron 3 agentes y 7 fueron heridos. Esto para implementar el nuevo modelo.

En 2010, Guatemala firmó un acuerdo internacional que obliga a ser responsable de mujeres y niños en cárceles. Las Reglas de Bangkok de Naciones Unidas dicen que las mamás y sus bebés deben de recibir gratis comida suficiente, en un entorno sano, en el que puedan hacer ejercicio. Los niños requieren atención permanente de salud, bajo supervisión de especialistas. Y sus mamás tienen que recibir artículos de higiene, incluidas toallas sanitarias gratuitas. El Gobierno tiene que investigar el número de niños encarcelados y la repercusión que implica que estén en las cárceles para hacer políticas públicas en su favor. “En la medida de lo posible, el entorno previsto para la crianza de esos niños será el mismo que el de los niños que no viven en centros penitenciarios”, queda escrito en unas reglas que no se cumplen.

  • Un proyecto de

    Logo el intercambio
  • Financiado por

    Logo Ford Foundation Logo Seattle Internation foundation
  • En alianza con

    Logo Revista Factum

Han participado en este proyecto:

  • Elsa Cabria

    Coordinadora y reportera

  • Ximena Villagrán

    Coordinadora, periodista de datos y reportera

  • Oliver de Ros

    Fotoperiodista

  • Bryan Avelar

    Reportero (Revista Factum)

  • César Castro Fagoaga

    Edición (Revista Factum)

  • Franc Castillejos

    Composición y voz de la canción para el proyecto “Niños Presos”

Este trabajo también se ha publicado en: